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Una clara reseña sobre una Oveja negra y demás fábulas

La Oveja negra y demás fábulas de Augusto Monterroso,  es el caso de otro pequeño gran libro; el cual leyéndolo, uno se encuentra con la fábula porque los animales parlan, pero pensando cada renglón es filosofía profunda, consideraciones ontológicas, deontológicas y teleológicas. Es una pedagogía monumental porque enseña e ilustra con sencillez, con ejemplos fácilmente digeribles. Es un tratado moral pero sin tablas para recitar, sino elaborado de manera tal, que a base de situaciones paradójicas subyace unas veces y relata otras para que uno pueda  verlo, lo bueno y lo malo, con la maestría sutil del que piensa y además, sabe decir;  no sólo la comparación ramplona de hechos, situaciones y consideraciones.
Podría uno decir que La Oveja negra está fuera de contexto porque vivimos la época que sin teñirla de ideología y sin etiquetarla, aparentemente la humanidad puede consumir todo a cambio de no pensar en nada. Y con Augusto Monterroso hay insatisfacciones que nos vienen del pasado, que pululan en el presente y que nos retan para el futuro. Este chapín que nos enorgullece, que nació en Honduras y falleció en México, porque de seguir en Guatemala, el obscurantismo lo hubiera fallecido a una edad temprana, sigue siendo grandioso por su obra, es el maestro del pensar y del decir. No hago referencia a lo mucho que se dice de él sobre su vida, su originalidad literaria y  los reconocimientos recibidos, porque al fin y al cabo están en la solapa o en la contraportada de sus libros.
Tomo tres fábulas al azar. La Oveja Negra, fue fusilada y un siglo después el rebaño arrepentido le levantó una estatua.  En lo sucesivo, cuando aparecían ovejas negras  eran pasadas rápidamente por la armas para que las futuras generaciones comunes se ejercitaran también en la escultura.
La oveja negra es la que se rebela contra los arquetipos creados, la que busca la autenticidad y obviamente propone novedades.  El statu quo la rechaza y la elimina. La historia la absuelve y le crea el recuerdo materializado en la estatua, pero a pesar de ello, la estructura de poder social, en el presente, sigue fusilando a la oveja negra, por  cuestionadora, y   el imaginario de los inconformes de hoy, se consuela con la estatua que se erigirá en cien años, pero mientras tanto, lo fundamental es que todo sigue igual.

En el relato de La honda de David, este se distinguió por su habilidad en el manejo del arma que ayer fue histórica y después pasó a ser infantil. Le disparaba a latas vacías o pedazos de botellas y luego pasa a dispararles a los pájaros, pardillos, alondras, ruiseñores y jilgueros, él lo disfrutaba. Los padres  le llamaron la atención y él reconoció su culpa. Luego pasó a disparar a otros niños y quizás con mayor satisfacción, que tiempo después y con mayor dedicación a la milicia, siendo un general condecorado, que dentro de su palmarés contaba porque mató a treinta y seis hombres, más tarde fue degradado y fusilado por dejar escapar viva una paloma mensajera del enemigo. David, acostumbrado a matar es condenado porque una vez dejó de matar y curiosamente no a un ser humano sino a un ave. ¿Le falló la falta de persistencia y coherencia? ¿Cuando admitió el error siendo niño le faltó asumir el arrepentimiento y la enmienda? ¿Tanto espíritu animal destruido se vengó al final?



En La Rana que quería ser una Rana auténtica, el caso es que primer buscó en sí misma auxiliándose de un espejo, después decidió conocer su propio valor en la opinión de la gente. Se vestía se desvestía y notó que admiraban sus piernas, trató de mejorarlas y admitió que le arrancaran las ancas y los otros se las comían. Con amargura escuchó que decían, qué buena Rana, parece Pollo. La fábula es obvia, lo auténtico es el ser de uno,  encontrándolo hay que ceñirse a él,  está adentro, el espejo sólo refleja lo externo  y la opinión ajena siempre es eso lo que gusta a los demás pero que no tiene que tener relación con mi Ser.

La oveja negra y demás fábulas. Augusto Monterroso. Primera edición 1969, Ediciones Era 1990, 102 páginas

Edgar Amado Sáenz. Miembro conspicuo de la Comunidad, pasajero recurrente del Vagón de lectores de la Comunidad y colaborador asiduo del blog.

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