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In memoriam del Andalón. "Luis Alfredo Arango"

Luis Alfredo Arango Enriquez. Nació en Totonicapán 18 de mayo 1935; falleció en la ciudad de Guatemala, el 3 de noviembre 2001. Maestro de educación pública urbana egresado de la Escuela Normal Central de Varones, fué  miembro fundador del grupo "Nuevo Signo"; fué el  primer receptor del Premio Nacional de Literatura "Miguel Ángel Asturias" en 1988
Publicó entre otros los siguientes poemarios: Brecha en la sombra -1960-, Ventana en la ciudad -1962-, Toro sin alas -1963-, Papel y tusa -1967-, Boleto de viaje -1967-, Arpa sin ángel -1968-, Dicho al olvido -1969-, Grillos y tuercas -1970-, Clarinero -1971-, Bocetos para los discursos de Maximón Bonaparte -1973-, El amanecido o cargando el arpa -1975-, Letras y rayas -1976-, Canto florido -1976-, El zopilote biónico -1979-, El archivador de pueblos -antología, 1977-, Memorial de la lluvia -1980-, El Rajop Achij Tecum -1984-, Imágenes de cuaresma, El volador -1990- (Diccionario Histórico Biográfico, 2004).
El escritor Mario Roberto Morales, al referirse a la obra de Arango, dice: "Más allá de apropiaciones válidas y no tan válidas de la poesía de Arango, su herencia poética constituye un reservorio de identidad cultural que a cualquier guatemalteco y, en general, a cualquier lector de habla hispana, le depara recorridos intensos por los terrenos de la subjetividad de un hombre que vivió la vida como quiso vivir, y que encontró mediante sus versos la razón de su existencia. El mérito de Luis Alfredo Arango es haber expresado con amor vibrante y estética impecable los hallazgos poéticos de su cosmovisión mestiza, guatemalteca y popular desde su condición ladina. Y este es un logro por el que valieron la pena la vida y la lucha de este extraordinario creador."
Siendo el texto a continuación el más emblematico y que describe su propia angustia, visión y experiencias de vida.

El Andalón.
Conocí pueblos que cabián
en el vidrio de una ventana
Aldeas que copiaban los colores de las horas
-Colores de frutero,
de jaula de pericos,
de aguacero pintado en las paredes.

¡La hoja de milpa, custodiaba siempre los caminos!

Conocí viejas iglesias,
calaveras, cúpulas,
hornacinas ojos huecos,
muelas de oro,
morideros de plegarias y de llantos
... o retablos.

y a la hora de rezar o de dormirme
conocí el chisporroteo
de candelas apagadas con saliva.

En la infancias era posible
llevar en andas a unos ángeles con alas de hojalata,
comulgar,
cortar el pan sobre una mesa apolillada,
orinar
y examinar el ombligo
bajo el árbol de la plaza.

En la infancia solamente
y en los pueblos.

Detrás del centinela
espiar la noche de calabozos húmedos
(Las cárceles y las escuelas colindaban
A veces compartían el mismo corredor)

Aulas heladas
Ladrillos que olían a creolina;
nos vestían de soldados y marchábamos
con escopetas de palo;
detrás del pizarrón
medían las arañas
el mapa enrollado…
Domingos.
Siempre domingos
porque los domingos eran iguales
a cualquier día:

el día de fiesta era un domingo grande.

Adornos de papel,
flecos, rositas que
se desteñían en las vigas
y allí permanecían,
años y años,
hasta una nueva muerte,
un nuevo aniversario,
otro bautizo,
otra boda.

Teníamos miedo a los fantasmas,
miedo a lo irreal
y nunca nos espantó lo triste,
lo absurdo de la vida en esos pueblos polvorientos,
taciturnos,
que sueñan embriagados
de su propia ingenuidad,
de su pobreza.
¿Fantasmas? Claro que sí:
los niños que no comen,
los que mendigan,
los hombres que tienen que robar,
o matar,
o aceptar indignidades por un mísero centavo.
Los sombreros sin cabeza.

Ahora me dan frío
la viejecita gris con su gato,
sus tiestos de violetas
y su desamparo;
la muchacha en el balcón –y la azucena-
que esperan impacientes
a quién ha de marchitarlas;
los hombres sin trabajo
y los que trabajan y trabajan
para su compadre rico.

Me irritan las frutas que maduran
para quien pueda comprarlas.

Viví en pueblos que cabían
en un trozo de cristal
en el fondo de una botella de aguardiente;

viví sordo, ciego, alucinado,
atento solamente a los colores,
a los trapos de anilina,
a las compresas en las sienes de los montes
a los cofrades y sus mujeres,
azules, verdes, rosados…

Ahora no me importan ya las cosas pintorescas.
He crecido. He comprendido.

Sé muchas cosas:
no hubo solo un Cristo
sino muchos;
no solo el que acuchilla es asesino
sino el que mata de hambre,
no solo los ladrones roban,

sé quiénes matan la ilusión,
quiénes aplastan la alegría y la esperanza
en esos pueblos que caben

en la mira de un fusil..

Fuentes: Semblanzas de los premios nacionales de literatura; wikiguate

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