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"La poesía es la única prueba concreta de la existencia del hombre"

In memoriam, Luis Cardoza y Aragón.
Un pequeño trazo plasmando en un párrafo describiendo en el, un destello genial que perdurara en la memoria colectiva validando lo humano e inmortal.

Luis Cardoza y Aragón (21 de junio de 1901, 4 de septiembre de 1992).

Uno de los más brillantes y coherentes intelectuales guatemaltecos del siglo pasado, reconocimiento que le significara el vivir en el exilio, la usual distinción con que suelen distinguir a las grandes personalidades. Se destaco como poeta, narrador, ensayista, y critico; ejerció la diplomacia en tiempos del gobierno revolucionario de 1945. Nació en la ciudad de La Antigua Guatemala, la cual abandono a los 19 años y pasó gran parte de su vida en México donde falleció y reposan sus restos.
Canto a la soledad.

Solo de soledad y solitario y solo,
como el loco en el centro de su locura,
yo digo lo que tú me has dicho
con la ahogada voz del mar
en mis oídos de ceniza que canta.

He escuchado tu paso eglógico y naval
de gacela y anémona, cayendo sobre el tiempo

De un sueño que tejen estatuas mutiladas:
la alondra que agoniza debajo de la nieve,
el musgo deletreando la vida sobre roca,
el trigo de la lluvia, el túnel ciego
que va de la simiente hasta la rosa,
hermosura del mundo, su más alto gemido.

Vencidamente sigo tu llama congelada,
tus desiertos espejos y tus lentos metales
que no se rendirán jamás a las campanas,
tu huella de reliquia incinerada.

No sé si pulpa o hueso eres de fruto
de misterio y locura,
de orgullosa agonía anticipada.
O si estamos soñándonos los dos
en el huracán y en el suspiro,
en la breve inmensidad de un lunar,
en lo que yo he querido,
como agua y fuego en su sangre,
con amor sin olvido.

Yo recuerdo tu descanso de lluvia
cayendo sobre el mar.
Tu afán de hiedra fiel
Y niña amada nuevamente.

Yo recuerdo tus duelos pensativos,
tu gozo doloroso y tu arrobo yacente
en mi corazón y en los luceros.
Tu norma de nube, única y lenta,
sobre un cielo de llagas;
de llanto inútil sobre muerte pura
y mano desolada en la inmensidad
de un cuerpo que se entrega.
No estás, lo sé, fuera de mí, en el viento,
ni en el adiós, la tumba o la derrota.
Ni en la nieve que suele prolongar
la sombra del olvido y el eco de jamás.

Ni en la falta de amor,
que cuando más amor me ha consumido
ella más era yo, su carne y sueño,
su ansia desvelada,
y hasta besable se tornaba entonces
su azul, insomne garra.

Y cuando de golpe todo es triste
porque el amor llega completo,
triste como si hubiese muerto
¡ah! Qué cercad de mí, remota,
Sueño mío en la patria del sueño.

Ya sin sombra, con amor y sin cuerpo,
en la clara materia del silencio
que todo lo besa hacia el enigma,
yo me acuerdo de mí después de muerto.

El espacio donde canto y sufro
es cascada de luto de piedra consolada
y una mancha de humedad sobre el muro.
Y ya no me concibo sino siendo la soledad misma
En el sólo tiempo y ámbito hacia dentro.

Pétreo delirio de pasión votivo,
donde el deseo existe, único y solo,
y el amor es terrible y eterno de sin límites.

¡oh! Poesía, soledad y vida,
eterna Eva primera,
¿quién cercena las manos
de los pobres amantes?
Yo sé mi soledad agónica y hermana
de mirto seco y cúpulas derruidas.
Yo sé que naces como el fuego,
frotando dos misterios,
mi sueño y mi esqueleto.

La sangre, tenazmente derramada,
escucha tu palabra antigua
buscando, soledad, tu rumbo.

Cuando muera, si alguna vez lo sé,
estaré más en ti, seré tu trigo,
tu pulso y tu verdad inconsolable.
¡Oh! Poesía, soledad y muerte,
esta llorando el mar.

La soledad no es estar a solas con la muerte
y en la vida por ella ser amado.
Es algo más triste, deslumbrante y alto:
estar a solas con la vida.

Muerto de sed en medio de los mares,
tus formas en mi voz y otras estrellas.
La soledad está en la esperanza,
en el triunfo, en la risa y en la danza.

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