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In memoriam, María Cruz 140 aniversario del natalicio


“Esta es la vida espiritual que yo soñaba, sin mortificaciones, ni penitencias, sin celda, ni sayal, sin votos, sin claustro, sentiré muchísimo irme de Adyar. Es un lugar único”
María Cruz Arroyo, nació el 12 de mayo de 1876; fue la mayor de tres hermanos: Matilde, Fernando y José. Su madre falleció cuando ella tenía 11 años; convirtiéndose desde ese entonces en la compañera inseparable de su padre, quien le inculcó el gusto por la literatura, asimismo del viajar, sacando de ello buen provecho, debido a los cargos que como diplomático desempeñará su padre; aprovechando también para aprender y desenvolverse ampliamente en diversos idiomas europeos entre estos el: francés, inglés, alemán, italiano; ejecutaba el arpa, asimismo gustaba de pintar. Es decir un espíritu cosmopolita y liberal, adelantada a su época.
La poesía y la prosa de María son importantes porque forma parte del grupo emergente de mujeres intelectuales y escritoras de finales del siglo XIX y principio del XX, según el ensayo de Alexandra Ortiz Wallner, que aparece en Mujeres en el bicentenario. Aportes femeninos en la creación de la República de Guatemala. Tal que, logra destacar hasta nuestro días siendo esto reconocido en las diversas antologías que se han realizado y en donde ha sido incluida por mérito propio.

El inicio y desarrollo de la Primera Guerra Mundial sorprendió a María en París. Dedicándose en pleno a labores humanitarias. Falleció un 22 de diciembre de 1915.
En la opinión del editor, de la página poetas del siglo XXI, Fernando Sabido Sánchez. 
“Creemos que María Cruz es una de las poetisas relevantes de Guatemala. Parece inaugurar la fecunda presencia que la mujer tendrá en la creación poética de nuestro país a lo largo del siglo XX, siendo de las únicas mujeres que no sólo cultivaron las letras sino que fueron capaces de mostrarla al mundo, y nada menos que al mundo parisino de finales del siglo XIX tan pendiente de la poesía y ligado a las ideas modernas”.

Descanso

Ya cesaron la lucha y el desvelo,
La duda suplicante y el afán,
Y abandono esfumándose en el cielo
Las últimas quimeras que se van.

Cual náufrago aventado en su desierto
Por la furia tremenda del ciclón,
Que en la tristeza adusta de aquel puerto
No viera sino amparo y salvación.

El Corazón febril halla reposo,
Exhausto de agitarse y delirar
En un sopor insípido y brumoso
Que le finge sosiego y bienestar.
 
En un sopor insípido y brumoso
El paúl de letal emanación,
El vértigo que exhalan entre peñas
Abismo de terrorífica atracción;

La violenta y sombría marejada
Que el barco no esperó vencer jamás;
La nube que estalló desenfrenada
Y el huracán feroz quedan atrás.

Y en la cumbre, a los lánguidos reflejos
De entremuriente luz crepuscular,
Comtemplo de muy alto y de muy lejos
La cuesta hoscosa y el revuelto mar...

Qué importa si es el reino de las sombras
Y trasciende en sus brumas el ciprés
Y marcho sobre trágicas alfombras
De ensueños que murieron a mis pies.

Si evocando aquel hórrido conjunto
Que por milagro el ánimo salvó,
Cual siempre al corazón ¿sufres? pregunto
Y al fin el corazón contesta ¡No!

Guatemala, 1907.

Fuentes: Poesía guatemalteca del siglo XX, ediciones la Ermita; Prensa Libre, Wikipedia
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