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Al escribiente de sus lectores

Un excelente vicio.
Acaso sea porque para mí la lectura es una necesidad vital, sí hay algo que me apena de mis paisanos es su falta de devoción por los libros. Al alto índice de analfabetismo que aqueja al país y que se desarrolla al compás del crecimiento demográfico, se une esa otra manera de analfabetismo que consiste en usar de la lectura sólo para descifrar los anuncios, los rótulos luminosos o para ojear una tira cómica de cuando en cuando.
La posibilidad de leer se vuelve así un órgano atrofiado por la falta de uso.

Es cierto, el guatemalteco, en muchos sentidos, vive aislado del resto del mundo. Nos llega únicamente aquello que conviene a la publicidad, que nos deforma espantosamente, que nos hace tener una visión totalmente errónea del mundo contemporáneo.

Sabemos de los hippies únicamente lo que algunas revistas y algunas películas nos cuentan, lo que la moda de telas estampadas nos sugiere o lo que viene diciendo la resaca de esa corriente que llega al país. Del pensamiento contemporáneo no sabemos nada. De la situación política del mundo ignoramos todo lo que nos digan determinadas agencias de prensa. Del arte actual tenemos únicamente imágenes parciales y distorsionadas traídas por nuestros turistas, a pagos mensuales.

De allí nuestra pobreza de información, nuestra falta de criterio propio y nuestro fanatismo. De allí la supervivencia de una tenebrosa cantidad de prejuicios, tabúes y resabios anacrónicos.

Los libros serían un puente que nos podría, hasta cierto punto, en contacto con el hoy del mundo. Aunque las editoriales que editan libros en español andan casi tan atrasadas de noticias como nosotros. A través de un hábito generalizado de lectura podríamos entender ese fenómeno que nos parece extraño y subversivo como lo es el surgir constante de nuevas ideas, el permanente renovarse del pensamiento humano que influye dinámica y permanentemente en la vida del hombre, en la sociedad y que condiciona todos los días la realidad y el futuro.

Ya lo debo tener aburrido hablándole de Francia, lector amigo, pero quiero contarle que en París hay –por lo menos- una librería en cada cuadra de la ciudad; que usted verá que los obreros, los estudiantes, los burócratas, todo el mundo lleva siempre un libro en el bolsillo; la gente lee en el autobús, en el metro, en el café, en todas partes en donde tenga un rato libre. De tal manera, ése es siempre un país joven, renovado, en donde el hombre está ejercitando siempre sus capacidades analíticas, está siempre aprendiendo, su pensamiento se mantiene activo. Y, a pesar de que el individualismo parisino ha llegado a ser considerado como una enfermedad endémica, creo que Francia es uno de los países cuya vida está más conscientemente determinada por la voluntad y el criterio de sus ciudadanos. Hay una amplia mayoría pensante.

No lo pongo como una comparación.                                                                           Pero pienso que sí en Guatemala leyéramos más, pensaríamos más y tendríamos mayores posibilidades de solucionar nuestros problemas por medios más humanos, más constructivos. Nos vacunaríamos también contra esa penetración cultural obsesiva de la que somos víctimas, que influye hasta en los menores gestos de nuestra vida cotidiana, que agudiza nuestros problemas vitales hasta la desesperación y que hace del nuestro un pueblo de conejillo de indias, cuya fisonomía se borra, se neutraliza y se deforma cada día más, cada capítulo de telenovela más, cada empresa más.

Adolecemos de un miedo cerval al pensamiento. Nos da miedo pensar. Nos da terror que los demás piensen. Las ideas son vistas con una feroz desconfianza. Los libros son objeto de suspicacia tremenda. El falaz argumento de siempre es el de que “nuestro pueblo no está preparado” para leer tal o cual libro, para conocer tal o cual tema, cuando la única manera de que nuestro pueblo “esté preparado” es precisamente, que lea, que conozca ése y otros libros más, ése y muchos enfoques más del mismo tema.

Usted que lee esta columna, lector amigo, si no lee otra cosa, otros temas, otras columnas, está en peligro de terminar pensando cómo piensa este escribiente y eso sería absurdo, un crimen de mi parte. Lo saludable, me parece, sería que en algunas cosas estuviéramos de acuerdo, pero que en otras usted pueda decir este Arce está equivocado hasta la pared de enfrente” y que sostenga o modifique su opinión mediante el juego constructivo de sus facultades críticas. ¿No le parece?

Lo invito a que forme filas entre los biblioadictos. Es un vicio, quizá. Pero es un buen vicio. De todo corazón se lo recomiendo. Lea. Lea de todo. Aun aquello con lo que no está de acuerdo. También los demás pueden tener razón. El mundo es tan grande y la verdad no es un poste clavado en una esquina. La razón es multitudinaria y tiene millones de facetas. Encuéntrelas y salgamos u poco fuera de nuestro agujero estrecho. No un buen libro, sino muchos libros. La Libertad anda por allí.


Manuel José Arce Leal (Guatemala, 11 de mayo de 1935 – París, Francia. 22 de septiembre de 1985) fue un dramaturgo, poeta y periodista guatemalteco Una selección de sus mejores crónicas se encuentra en Diario de un escribiente -columnas periodísticas publicadas en el diario El Gráfico, 1979; de la cual fue tomada la presente.

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