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Leer es cultivArte con placer.
Y, no nos vamos por las ramas, nos vamos directamente a la raíz. Lo sabemos bien. Leer es un placer, pero sobre todo un hábito que hay que cultivar constantemente; no es un suceso o hecho fortuito aislado, que quizás, en el mejor de los casos pudiera ocurrir una vez al año, y que brote espontáneamente en un bazar.

Ya anteriormente, lo hemos dicho. “Leer es un placer” es en nuestro medio una frase trillada y complaciente, utilizada para llamar la atención, buscar notoriedad, cautivar audiencias; cumpliendo mediocremente con algunas exigencias que exceden la limitada capacidad de los entes “responsables”. Para nosotros, sigue siendo un principio, una experiencia real y continua de la que estamos plenamente convencidos y ejercitándonos constantemente. La que nos agradaría, que pudieran experimentar muchas más personas; para lo cual hemos y seguimos realizando diversas acciones, entre ellas: principalmente proponer una selección de obras que busca básicamente satisfacernos como lectores, y con ello continuar experimentando, explorando, ir descubriendo las nuevas concepciones, percepciones y sensaciones que nos depara cada lectura.

Recientemente, nos desplazamos al parque nacional Naciones Unidas, y con un acto sencillo, simbólico. Sembramos un árbol, con él ligeras o cimentadas esperanzas que habrán de extenderse en hálitos de esfuerzo, cumulo de nubes que alberguen y cobijen las nuevas primaveras que han de venir. Más allá del yermo presente.

La invitación es siempre abierta para que puedas seguir cultivando el hábito y arte de la lectura, compartiendo en un ambiente especial. 

Siguiendo en nuestra línea de constantes homenajes, en esta ocasión serán “Cuentos Escogidos” de Rafael Arévalo Martínez (25 de julio 1884, 12 de junio 1975). La obra que estaremos abordando, en el centenario de la publicación del cuento “El hombre que parecía un caballo” (1915) y de los cuarenta años del fallecimiento del autor.

Propuesta de lectura del mes
-Cuentos Escogidos-
Rafael Arévalo Martínez

Círculo de Lectores del Vagón.

Sábados: 18 de julio y 01 de agosto; 10:30 a.m.
Museo del Ferrocarril, 9a. ave. "A" 18-03 z. 1;
Entrada al Museo. Q. 2.00.

Introducción.
Desde la aparición, en 1915, de los relatos El hombre que parecía un caballo y El trovador colombiano, la fama de Arévalo Martínez trascendió los confines nacionales y encontró resonancia en los principales escritores de la época. José Santos Chocano, Alfonso Reyes, José María Pemán, Rafael Cansinos Assens y el mismo Darío lo consagraron, definitivamente, como uno de los grandes autores del siglo.

Seymour Menton, estudioso de la novela guatemalteca, no duda en colocar a Arévalo Martínez al lado de Gómez Carrillo, mientras Hugo Estrada, uno de los mejores analistas de su poesía, lo llama “figura legendaria”. Ramón Luis Acevedo, uno de los más acuciosos investigadores de narrativa centroamericana contemporánea, no tiene empacho en declarar: “El narrador centroamericano de mayor importancia vinculada al modernismo es, sin lugar a dudas, el guatemalteco Rafael Arévalo Martínez”. Existe, inclusive, un florilegio de opiniones favorables al autor en un pequeño volumen editado por el Ministerio de Educación de Guatemala, titulado Juicios sobre Rafael Arévalo Martínez y lista de sus obras.

Uno de los puntos más importantes para poder valorar la obra de Arévalo consiste en la fecha y el lugar de aparición. Si bien es cierto que la Guatemala de principios de siglo era un punto de reunión de los mayores poetas latinoamericanos, y si también es verdad que Arévalo se las ingeniaba para alternar con todos ellos, esos hechos no influyeron en la modificación del ambiente pueblerino de la capital. No cabe duda que la frase del señor de Aretal, en “El trovador colombiano”, quejoso de que en esta ciudad no se puede leer a Platón ni Bilitis, se refiere al provincionalismo de la Guatemala de esos años.

No habrán sido mejores las condiciones de la ciudad de Quetzaltenango, en la profunda provincia guatemalteca, lugar de publicación de El hombre que parecía un caballo. Las veladas literarias, los juegos florales y los concursos literarios estimulaban un pomposo modernismo imitador de Darío o de Chocano, cuyo magisterio estaba en pleno apogeo.

Por haber sido escrita y publicada en época tan temprana, la narración de Arévalo Martínez sorprendió a la crítica. La decidida introducción del elemento fantástico, al lado de motivos modernistas, colocó al autor en la vanguardia literaria y le creo una aureola de genialidad, aún en los aspectos más aparentes de su vida. Su pasión por el ocultismo, sus aficiones esotéricas, su religiosidad extremada y sus arrebatos místicos hicieron el resto.

Tomado de la introducción de Cuentos Escogidos de Rafael Arévalo Martínez edición de 2014, por Dante Liano. 

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