El libro, una pasión intacta.

Es indudable, la noticia fue la confirmación de lo que se viene escribiendo y diciendo en corrillos de distinta índole: el país no lee libros. Tan sólo un modesto uno por ciento (de la población) se acerca a ellos. Y esa cifra, a modo de diagnóstico, confirma los síntomas generalizados de los ciudadanos: bajo rendimiento para desenvolverse en la vida y en cualquier actividad.
Ojalá pudiéramos decir, como Valery, que “el mundo sólo existe para desembocar en un libro hermoso”.
El libro es, ante todo, lenguaje, y eso es desde las 20 mil lenguas, que se han hablado desde hace miles de años. A pesar de la Internet y la masividad de los medios, los libros nos alejan de la falsa autenticidad de lo inmediato.
Pero no sólo eso, la lectura desarrolla el pensamiento abstracto y posibilita la adquisición de valores como: la tolerancia, la seguridad, la ética, el rigor, la capacidad de soñar, la flexibilidad ante lo adverso, (y) lo diferente, es decir, la otredad. El filósofo español marina lo describe de mejor manera: Quien ya no aspira al paraíso se contenta con un chiste”.
Por otra parte, la pobreza también cuantifica en términos del estado de salud de nuestra casa interior. Y como sabemos, la crisis de valores es fácil establecerla en el deterior de los procesos de cohesión social, en la crisis del orgullo de pertenencia, en la precariedad o ausencia de identidad colectiva, en el escaso desarrollo del pensamiento abstracto en los jóvenes.
En ese sentido, si partimos de que una cultura depende enteramente de la encarnación de las ideas, éstas-para producirse- necesitan de ciclos virtuosos de educación humanística. Y, para ello, de lecturas que no hacen más que estimular la imaginación y el desarrollo del pensamiento abstracto.
Las personas vinculadas con la educación y la cultura saben de los beneficios de la lectura en particular en los jóvenes. Señalo algunos: Consolidad la personalidad y contribuye a la salud emocional; mejora la calidad analítica

 Estimula la tolerancia;
 El pensamiento se vuelve más abarcador y concreto;
Se canalizan mejor las emociones; aumenta la sociabilidad y, por lo mismo, la disposición a colaborar;
 Aumenta la capacidad para ejercer o aceptar la crítica;
 Desaparece el miedo a tomar decisiones o a equivocarse;
Crece la capacidad de asumir compromisos
 Se evita el riesgo del pensamiento único, entre otros.

 Resumiendo, la lectura opera una suerte de suma cualitativa que prepara a la persona a encontrarse con la ciudadanía con valor y como un estilo y modo de vida.
Sin embargo, todo ello no es posible, si continúan las (magras) cifras de inversión del estado en la cultura. Así, pues, será necesario aumentar los pocos quetzales por habitante que se invierten al año en ese rubro –hay casos en que son centavos-. Estimular, por otra parte, las librerías –sólo existen en la capital y en Antigua- y desarrollar una política de Estado en torno al libro y la educación. No olvidemos que no hay cosa que encarezca más los libros que la falta de compradores.
La literatura no es –como gustaba afirmar Borges- sólo una sarta de palabras. Creo que es, ante todo, el lenguaje que hace sentirnos en casa con algo que no conocíamos. Por ello no es descabellado plantear el fortalecimiento de los espacios de educación humanística ya que la lectura es forjadora en el largo plazo, de democracia, gobernabilidad, tolerancia, construcción de identidad y sentido de pertenencia. Es decir, referentes simbólicos que facilitan el surgimiento de la ciudadanía.
En ese sentido, es necesario el apoyo a los intelectuales y escritores nacionales y a la industria editorial, de tal modo que sean conductos y herramientas en el camino para derrotar el déficit de ciudadanía que padecemos y podamos salir airosos de los escombros de este hoy.
Gerardo Guinea Diez.
(Magazine 21, mayo 22 de 2005)

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