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LOS COMPAÑEROS, POR JOSÉ MEJÍA

Este ensayo fue utilizado por las editoriales Oscar de León Palacios y Palo de Hormigo como prólogo para la segunda edición de los compañeros, Guatemala, 1992.

Principios de 1968. En México, a donde huye para no ser asesinado por las organizaciones clandestinas de derecha, el escritor guatemalteco Marco Antonio Flores escribe una novela, en parte para salvar su militancia política, en parte para justificar su desvinculación con la lucha armada y para entender (o también justificar) la derrota que había sufrido la guerrilla durante la primera etapa de la guerra revolucionaria, entre 1962 y 1967. El Proyecto original se llamaba Los Círculos. Se trataba de la vida de un guerrillero, desde su nacimiento hasta su muerte, instantes cruciales en que el círculo de los círculos se cerraba.

Finales de 1971. Flores concluye Los Compañeros, obra que, como él dice, le sirvió para desentrañarse (ya no para justificar nada). Antes de dar con la redacción definitiva, el escritor tuvo que quemar varios intentos. Algo sucedió entre estos años. Flores tuvo que destruirse, tuvo que deshacerse para reinventarse, tuvo que morir para nacer con esta obra intrépida, verdadero deshielo de la narrativa guatemalteca actual.

Es que, a diferencia de los que no se entregan al lenguaje de los hechos ni a la acción con palabras sino muy superficialmente en uno y otro caso –luego de comerciar con unas sombras que se ponen a convocar a otras-, con la esperanza de que lo vivido (por ellos o por otros) haga valer a distancia lo que escriben, y no proponen en sus escritos a los héroes y mártires como si se tratara de estos en persona (muchas veces cuando no se ha conquistado el derecho de hablar en nombre de los héroes y los mártires); a diferencia de estos, decía Flores, que conocí años atrás como un partidario fanático de lo que él llamaba la literatura militante, tuvo que comprender que para hablar un lenguaje revolucionario habría que hablarlo revolucionariamente: darle las espaldas a una literatura sin riesgos, ya convenida de antemano revolucionaria por sus temas, pero mediocre y sin creatividad; olvidarse de la propaganda para entrar en la crítica; cuestionar la literatura de complacencia –cualquiera que sea su filiación-aparente-, por medio de su escritura problemática. Desde luego, Flores sigue siendo socialista. Su compromiso persiste, pero es un compromiso dialéctico (real), no meramente formal. Flores comprendió lo que las palabras del escritor tienen de actos: el valor de las obras literarias no pueden situarse en ninguna creencia (política o del orden que fuere) que se proponga con anticipación a dichas obras. Por supuesto que sin la problemática no-literaria, la literatura no existiría: la obra apunta a aquella, pero tiene que dársela desde sí misma, gestarla desde sus entrañas. El escritor puede ser un convencido y hasta un fanático de cualquier credo, pero para hacer valer sus convicciones tiene que realizarlas en una escritura y no al revés: jamás hará valer sus escritos de acuerdo con la sinceridad o la verdad de sus creencias. Escribir no consiste en creer sino en obrar (de ahí las obras literarias). Escribir sin consignas políticas, tampoco es mero cambio de un precepto estético, si no la conquista de una dolorosa experiencia. Para escribir Los Compañeros, Flores tuvo que destruir los esquemas convencionales del compromiso (formal); pero eso no era todo; también tuvo que luchar contra otro convencionalismo no menos nefasto: el de la literatura.

Los textos literarios, conseguidos mediante el artificio, le merecen a este escritor el mayor desprecio. Una maduración lenta o difícil, como la suya, no es lo mismo que una elaboración escrupulosa. Esta última conduce a resultados en cierta forma seguros, pero no hace avanzar al escritor por la cuerda floja de la palabra que se inventa conforme se dice, libremente. Se nota muy bien la diferencia entre el texto que habla y el que habla. En el primero un hombre se pone íntegro en sus palabras como en sus gestos no deliberados: es el caso de Los Compañeros. En el otro hay una enajenación en la palabra escrita: se produce un artefacto de palabras desprendido del escritor, un simulacro de conciencia logrado por la emulación de la retórica. Los escritores no siempre se preocupan de escribir bien (ese es el oficio de los literarios). Flores tiene pasajes maravillosamente mal escritos. Su lenguaje desorbitado es a veces chocante, otras casi delincuencial, pero siempre vivo.

En el pequeño círculo de amigos que leímos el manuscrito de la novela, algunos le objetaron al escritor su lengua extremadamente ordinario, falto de delicadeza y de elegancia, etcétera. Estos raparos corroboraron mi entusiasmo. El lenguaje del escritor es una conducta. Los que recomiendan el estilo burocrático no se ponen a pensar que el escritor tiene una profunda necesidad de llamarles a las cosas por su nombre y que existe solamente un nombre para cada cosa cuando se nombra poéticamente, en el lenguaje de las cosas que pasan por la calle, que aconsejaba Machado. Encantador y saludable derroche de malas palabras, Los Compañeros está escrita en el lenguaje que los pequeñoburgueses oyen (cuando no dicen) todos los días en sus casa, pero que se avergüenzan de encontrar en letras de molde. Por fortuna Flores abusa de esta clase de expresiones, aunque casi nunca lo hace para indignar: prodiga las malas palabras con la inocencia y la alegría de un Cervantes; es vulgar como Aristófanes o Joyce. Para escribir su novela, Flores tuvo que demoler un lenguaje falso de filiación asturiana, pero sin el genio de la lengua de Asturias, que ha venido a parar en una retórica de profesores: narraciones folklóricas o semifolklóricas que suceden obligadamente en el medio rural, aun cuando sus autores viven en la ciudad, o si han tenido una experiencia campesina, imitan el lenguaje culto de la literatura para poner a hablar a sus campesinos convencionales.

Literatura literaria, literatura comprometida por sus temas, pero tradicionalistas y pusilánimes, lamentos indigenistas, vienen por fin a estrellarse ante esta fiesta verbal que olvida felizmente toda esa etapa inauténtica, para entrar de lleno en un nuevo campo de expresión, incorporando por primera vez a la narrativa guatemalteca a todo un sector social, desconocido para la literatura, aunque los que hacen (o padecen) la literatura pertenezcan invariablemente a este sector. La lección que nos da este creador es la misma de todos los creadores: es imposible crear una literatura por medio de una retórica: un estilo es el desarrollo de un habla, siempre. Los compañeros está escrita en el mismo tono de voz que hablamos todos cotidianamente, pero en el que ninguno había reparado hasta aquí; porque entre nosotros, las narraciones que no tratan de campesinos asturianos o rulfianos, están escritas en un lenguaje neutro, sin carácter, que parece copiado del estilo comercial del periodismo.

Hasta ahora la literatura guatemalteca que llamamos Miguel Ángel Asturias, encuentra su punto de partida en las traducciones españolas (Asturias ignora las lenguas indígenas) de la tradición literaria prehispánica; comienza cuando el pensamiento cosmogónico que se pone a hablar español; pero al mismo tiempo (¡Vaya manera de decirlo!) es la inmersión en un habla viva, de ciertos estratos sociales como la mengala, el artesano, el marchante, que provienen de la ciudad preindustrial del pasado. Estas voces arcaicas (ya en trance de extinción) fueron aprehendidas por el poeta durante su niñez. Ahora bien, ¿dónde quedaban los oficinistas, estudiantes, profesionales, comerciantes y todos los seres que componen la llamada clase media ladina urbana? Nadie había intentado escribir en este lenguaje porque este lenguaje no pertenecía a la literatura. Después de Asturias, escribir aquí parecía casi imposible. Miguel Ángel (Asturias) es de esos escritores tan poderosos que les dan la impresión a los que vienen después de que aquellos ya se acabaron la literatura. Todo está hecho ya. Sin embargo, todo estaba por hacerse para un escrito como Flores. En este sentido de descubrir un nuevo clima de palabra, la novela de Marco Antonio es la contribución más decisiva de la literatura (no solo de la narrativa) guatemalteca desde Hombres de Maíz para acá. (En otros aspectos, Los Compañeros no puede parangonarse sino con El Señor Presidente). No entender esto como un guatemalismo oficios, ocupa de seleccionar sus expresiones para circunscribirlas a una sola geografía. Su novela está llena de mexicanismos, cubanismos y otros ismos de otros lugares donde el escritor ha venido. Tiene también deformaciones de palabras, alteraciones que le son peculiares, que son esos aspectos casi gestuales en el estilo de un escritor. Porque al final de cuentas, es difícil saber si Flores habla como Los Compañeros, o Los Compañeros (los de Flores) hablan como el, de la misma manera que no se sabe si Asturias habla como los campesinos (cosa bastante improbable), o son los campesinos de Hombre de Maíz los que hablan como Asturias. Lo mejor es imaginar un campo dialéctico, una mezcla de lo personal y lo social y de lo popular y lo culto, que no puede conseguirse por medio de fórmulas. Apenas si se puede constatar cuando ya está hecho. Hay cierto instinto de la lengua en el escritor que le da particularidad a su lenguaje. Más acá o más allá del análisis retórico.

Desde luego, en este aspecto, como en muchos otros, las vinculaciones de Los Compañeros con la narrativa latinoamericana actual son múltiples. Al leer el libro uno piensa en Cabrera Infante y en José Agustín, tal vez un poco en Manuel Puig y otro poco en Gustavo Sainz. Por el tremendísimo de los adolescentes, la novela concuerda La ciudad y los perros, de Vargas Llosa. Esta situación de partida que impone una corriente viva, constituye para el escritor la posibilidad misma de existir como tal. El valor de lo contemporáneo es tan decisivo que (por ejemplo) Baudelaire no sabía que él era Baudelaire hasta que descubrió a Poe. Lo importante no es que el escritor insista en los lugares comunes de su época, ni que se aparte deliberadamente de ellos; ni uno ni otra cosa son suficientes para garantizar la originalidad. El delirante capítulo IX de Los Compañeros es un lugar común en la narrativa actual (representación), pero Flores lo redescubre como instancia particular de su propia experiencia y consigue con él algunas páginas de verdadero vértigo creacional.

Lo que le da a Los Compañeros ese carácter como necesidad, como si se tratara de la obra que estaba esperando ser escrita por alguien, es cabalmente la contingencia radical que tiene lo vivo, su ser-para-la-muerte. Sólo cuando la poesía de la vida –la de los gestos que no pueden retocarse, la de las palabras que se dicen una única vez, en fin, la poesía del mundo, escrita en el agua, que se va borrando conforme la vamos haciendo-alcanza a decirse en un lenguaje, es cuando el artificio se convierte en arte y la obra deja de ser un eco circunstancial de la tradición o de la moda. Autobiográfica en un sentido estricto, no literal, Los compañeros realiza esta exigencia: revivir lo vivido en una escritura que se va inventando paso a paso, como la vida; el novelista recuerda con la imaginación o imagina con sus recuerdos, da lo mismo: todo es verídico en Los compañeros, porque todo es inventado: el escritor se pone en su pasado, se hunde en él con el mismo estilo con que lo vivió, gracias a que la memoria no es ese registro fijo que se imagina uno de sus personajes, en que los acontecimientos quedan grabados de una sola manera. Esta metáfora depara la idea corriente que se tiene de la memoria como un archivo, pero la memoria de mucho más: no la huella, trayectoria de los sucesos. Nuestros recuerdos son actuales en un doble sentido: presentes y actuantes. Ejemplo: “Paso por la catedral y veo un vuelo de palomas y no pienso más en eso. Después, cuando recuerdo esa circunstancia, me doy cuenta de que en ese instante estaba yo preocupado por señalar la inconsistencia de cierta teoría, mientras veía distraído las sombras de las aves que pasaban sobre los juros sin dejar huella. Entonces hablo de las sombras de la abstracción teórica que resbalan sobre las cosas, determinado por aquella impresión. Se me pudo haber ocurrido en ese mismo momento, pero yo iba ocupado en alguna otra cosa. Ahora, instalado en ese recuerdo, doy con una serie de posibilidades circundantes, que estaban al alcance de mi experiencia”. El narrador ensaya todas estas co-variaciones, no diciendo lo que pasó, sólo cómo pasó, sino cómo debió o cómo pudo pasar; se demora en cada instante de lo vivido, que podría explorar indefinidamente, porque la memoria tiene la misma profundidad vertiginosa del mundo. Los recuerdos son abiertos, inagotables y móviles como la realidad. Al recobrarse en una escritora librada a su eventualidad, la memoria imaginante de Flores realiza el proyecto original de Los círculos: nombrar una vida; en una reinversión completa. La idea inicial persiste en esas situaciones encrucijadas en que se volvieron túneles: el escritor (el lector), mira a través de ellos hasta el fondo de esas vidas. Y no propiamente porque los personajes, al vivir una situación determinada (siempre crítica) rememoran otras (lo que también puede pasar), ni porque la narración de saltos cronológicos por mero afán de romper el desarrollo de la temporalidad lineal y dar una visión cubista del tiempo, no, la técnica de Flores (en arte la sinceridad se llama técnica) consiste en presentar tres y cuatro escenas simultáneas, de distintas épocas de la vida del personaje, cohesionadas por el mismo clima dramático, por la tensión que impone el carácter de los sucesos. Es por eso que el único de Los compañeros que muere es también el único que recuerda su nacimiento. En este entrelazamiento de viviendas ninguna tiene prioridad sobre las otras, a pesar de que el autor señala las últimas (cronológicamente hablando) con una fecha capitular (a la manera de Puig en La traición de Rita Hayworth): los límites son 1962 y 1967 (hay también un capítulo fechado en 1942) pero la mirada en el tiempo abarca cerca de treinta años. Es que Los Compañeros está concebida a través de situaciones extremas, semejantes a las de la agonía, lo que abole toda la diacronía. Mis recuerdos no me dejan morir, me decía Marco Antonio mientras escribía su novela. Tal como los moribundos mencionan personas o hechos que les son decisivos, Los compañeros, al vivir una situación angustiosa, se enlazan con otros instantes críticos de sus existencias, en una visión sincrónica del tiempo, no por mero afán experimental ni por fetichismo de la moda, sino porque la novela realiza una concepción agónica de la vida.

Su tema –si hay algo como tema en una novela-, no es propiamente la lucha guerrillera, sino la vida de la peque burguesía latinoamericana, que se critica en todos sus aspectos, incluyendo la manera pequeñoburguesa de hacer la revolución. Algo quiero decir acerca de este último caso, en prevención de las interpretaciones mal intencionadas.

Los compañeros es la epopeya (a la vez que la sátira) de un mundo sin heroísmo: el de nuestra pequeña burguesía. La acción revolucionaria es la puesta a prueba más radical a que puede someterse la existencia inauténtica de los miembros de esta clase condenada por su falta de destino histórico, su oportunismo constante, su carencia de valores legítimos. ¿Cómo se refracta en la vida de los cuatro personajes este fenómeno de lucha? ¿Quiénes son ellos? Helos aquí, reducidos a esquemas brutales: un burócrata (El Rata), el único de todos que se adapta a la sociedad, es un representante típico de su clase, un logrero que colabora con sus amigos de la guerrilla con la esperanza de que le den un buen chance si triunfa la revolución, curioso de los acontecimientos de la lucha por mero afán novelero, para romper la monotonía de su existencia mediocre. Pero no es tan sólo eso, porque si bien las clases sociales son típicas, las personas son atípicas y por eso El Rata es también tan humano, a su manera. Un intelectual pequeñoburgués (El Bolo) permanentemente desgarrado por el conflicto de su indecisión para participar en la guerra revolucionaria, es el hombre que sabe que todos los valores que el proclama con sus palabras, están negados en la experiencia diaria de una realidad social que hay que transformar con las armas, pero que no tiene la suficiente grandeza moral para renunciar a todos sus privilegios de cultura y de clase y borrar su individualidad en la lucha anónima que sostienen Los compañeros. Este poeta de la novela ha participado ocasionalmente en la guerra. Sin embargo, por ahí anda viajando, huyendo de la encrucijada que le presenta la historia de su país, de su deseo de incorporarse al proceso revolucionario y de sus buenas razones para no hacerlo. Un desertor de la guerrilla (Chucha Flaca), mezcla de aventurero inescrupuloso, cínico y hombre de una gran piedad, los años de lucha lo marcaron de tal manera, que ya no va a poder vivir jamás en paz con su conciencia, lejos de Los compañeros que se siguen muriendo. El primero es un ente conformista, estos dos son individuos pre-revolucionarios (para decirlo de alguna manera), mientras que el último (El Patojo) es el que más se acerca al nuevo hombre de Guevara y Fanon: ingenuo, valiente, su sacrificio inútil, su lealtad desperdiciada estúpidamente, es uno de los sucesos más indignantes de la novela, escrito (leído) con rabia. Sólo que la del escritor es una cólera fría, que se vuelve objetividad implacable en la consumación de los hechos. Si El Rata es el adulto adaptado porque castró su rebeldía y Chucha y El Bolo dan la impresión de que nunca superaron la adolescencia, El Patojo no es más que eso: un niño. Pero si bien este compañero es el más puro de todos, sería muy dudoso decir que por eso es el mejor, porque todos son inocentes. A pesar de sus diferencias notables, en el fondo Los compañeros son el mismo hombre: todos fueron niños desgraciados, hijos de padres alcohólicos y madres abandonadas; adolescentes feroces, que por su temperamento excepcional rompieron con el desorden social establecido y llevaron su rebeldía hasta rayas en la delincuencia; por último, tres de ellos encuentran en la lucha revolucionaria una puerta de escape para sus conflictos individuales. No hay ninguna afectada grandeza en estos hombres humanísimos. Nada que tenga la comodidad de un idealismo falsificador. Ninguna explotación chantajista ni melodramática del tema de la guerrilla. Estos héroes son villanos, estos sinvergüenzas son hombres bondadosos y tiernos, no solo como consecuencia del realismo despiadado del novelista que prohíbe toda componenda con lo que sea una visión descarnada de las cosas, sino también porque ellos no son responsables por estar apresados en un mecanismo social que mutila inexorablemente todo lo mejor de los hombres. Son seres tan alienados dentro de su clase, que los conflictos que los llevan al rompimiento con ella, quedan de todas maneras implicados dentro de la actitud pequeñoburguesa ante la vida y no llega jamás a la etapa verdaderamente revolucionaria.

No importa que se hundan las instituciones, con tal de que los hombres se salven, me decía Flores mientras escribía esta novela. Y por cierto que instituciones y personajes de la realidad (Fidel Castro, Alfonso Reyes, Miguel Ángel Asturias) están tratados con gran insolencia, a veces gratuita, en la narración; pero los compañeros, los hombres ¿Se salvan? Como exponentes de una clase, todos se pierden. Pero esto mismo los salva como seres humanos, porque en la visión del novelista parece ser que ellos no tienen la culpa de nada. Los compañeros hacen la guerra alegre, despreocupante, de una manera que se diría deportiva, si no fuera por su fatalidad; se meten en situaciones tremendas, casi como sin darse cuenta; se ofenden y se quieren; se desprecian y se comprenden; sufren enormemente y aman también más de lo corriente; y todo como si estuvieran más allá del bien y del mal. No tienen nada que se parezca ni de lejos a una ética. Ternura y violencia son las dos constantes de su destino. Sin embargo, a pesar de la brutalidad de sus caracteres y sus actos, le dejan la impresión al lector de una gran piedad y conmiseración por todo lo humano.

Hay que advertir que no hay en esta novela tesis de las cuales los personajes sean meros portavoces: los personajes de una novela no son títeres de las ideas que el novelista tiene acerca de sus temas. La novela vive en la sobredeterminación de lo humano y no en la abstracción de la teoría. Obra destinada (iba a decir condenada) a la fama, hay que precaverse desde ya contra los previsibles malentendidos de los que Reyes llamaban lectores con prejuicios fácil caer en la tentación de condesar esta obra por el más frecuente de todos estos prejuicios: esperar que la realidad (toda la realidad) puede meterse dentro de un libro. No olvidar que Los compañeros del escritor son al fin y al cabo Los compañeros. Pero lo más desastroso sería concluir que este escritor proclama, con una visión derrotista, la inutilidad de la lucha armada en el proceso revolucionario. La visión que el novelista da de su clase es tan amarga, que el único juicio (implícito) que se saca de estas páginas es que solo una guerra generalizada podría salvar a algunos pocos seres de estas clases, siempre que la iniciativa partiera de las otras clases más explotadas. Incluso un personaje llega a sustentar esta teoría en la obra, pero el escritor no dice más ni tiene por qué hacerlo. No confundir la novela con la teoría social. Los novelistas son exploradores de la condición humana y no teóricos de los fenómenos de la historia, ni redentores sociales. Leer esta obra como lo es: crítica de una clase en permanente conflicto consigo misma, acrobacia verbal, fiesta, parodia constante de la literatura literaria, demolición de las viejas estructuras narrativas, aprendizaje de las nuevas corrientes: obra única en este ciclo de las letras guatemaltecas, quien sabe si inaugura a la vez una nueva picaresca.

José Mejía es ensayista y narrador guatemalteco. Vivió en México donde obtuvo la beca de la Comunidad Latinoamericana de Escritores. Radica en Paris, en donde ha sido profesor en La Sorbona (París IV) y en la Universidad Pierre y Marie Curie (París 6). Entre sus obras están Al pie de la Colina, novela. Es columnista del diario Siglo Veintiuno en Guatemala y publica en diversos periódicos y revistas nacionales e internacionales.

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