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Las palabras que nunca abandonamos. Por Marta Sandoval

Con el permiso de Marta Sandoval, compartimos este reportaje que publicara en elPeriódico el domingo 1 de mayo de 2011. En resúmen, un hermoso homenaje a Luis de Lión a traves de una de sus facetas mas importantes, por la trascendencia que significa influir directamente en sus estudiantes: la de maestro en una Escuela Primaria.  La nota original la pueden encontrar en este link.

"En 1984 Luis de Lión les enseñó a escribir poemas a un grupo de niños. Esos pequeños, hoy adultos, volvieron a la escuela para hablar del maestro que la guerra les arrebató a mitad de año, sin tiempo para despedidas. Editorial Cultura publicó hace poco el poemario que nació de aquellas clases.
  
Se saludaron como si el tiempo no hubiera pasado. Como si esos 27 años que les separan de aquellas aulas con sus pupitres ásperos y flojos, pudieran soplarse y esfumarse en el polvo de las tizas. Los pizarrones donde Luis de Lión les enseñó las primeras letras, la tienda donde les daban chucherías fiadas o las gradas desde donde El Mapache hacía un salto mortal, todo les recibió con la misma fachada de antes, nada cambió, quizá la escuela esperaba guardar el semblante para que los que vuelven experimenten ese breve espacio en el que 27 años no son nada.

Fredy, Oswaldo, Jorge Mario, Óscar, Pável y Élmer volvieron a reunirse, en papel primero y en persona después. En papel en un pequeño libro que Editorial Cultura rescató el año pasado y en persona, un día caluroso previo a la Semana Santa en su antigua escuela.

El libro se llama simplemente "Una experiencia poética" y en el están los poemas que niños de la escuela Clemente Chavarría escribieron en 1983, de la mano de Luis de Lión. Francisco Morales Santos, el director de la editorial, decidió recuperar aquel texto y publicarlo para que niños de este siglo pudieran leerlo. Los poemas llegaron a sus manos días después de la desaparición de Luis de Lión en 1984. La esposa del poeta lo buscó con la mirada acongojada, “me pidió que si algo le pasaba que le entregara sus documentos”, le dijo y Morales Santos guardó desde entonces esos papeles como un tesoro sagrado. Luis de Lión nunca apareció, pero aparece su esencia en las letras que dejó y en aquellas que ayudó a construir. Morales Santos recordó los poemas de los niños que guardaba desde hace más de dos décadas y se decidió a sacarlos a la luz. Sus autores desconocían que su obra se iba a publicar. Localizarlos para darles la noticia no fue tarea sencilla.

Todo empezó en enero pasado, cuando la editorial me envió un sobre con una copia del libro. Al leer los poemas de los niños no pude evitar preguntarme qué habría significado tener a Luis de Lión como maestro, cómo habían sido sus clases, si ese desmesurado amor a las palabras que se intuye en sus obras también lo había manifestado frente a sus alumnos. Y además qué había sido de esos niños, si seguían escribiendo, si guardaban recuerdos que ayudaran a armar otra parte de la biografía del escritor.

Pregunté a una amiga que trabaja en la editorial si habían contactado a los autores antes de editar el poemario y me contestó que no, que lo habían intentado pero que al paso de los años era complicado dar con ellos. Así que se me ocurrió buscarlos.

Lo primero fue indagar en Internet, pero el problema era que en el libro solo aparecían un nombre y un apellido de los autores. La computadora me arrojaba cientos de coincidencias, había que ser más específico. Así que fui a la escuela con la esperanza de que hubiesen guardado el registro de alumnos de 1983. Y lo tenían. La directora prometió buscarlo y me pidió que volviera dos días después. Cuando regresé un libro negro de hojas amarillentas me aguardaba, estaban los nombres completos, las direcciones –de 1983–, las fechas de nacimiento y los nombres de las madres de cada uno.

Información suficiente para arrancar la búsqueda. Volví a la computadora, pero a pesar de dar todos los detalles no logré mucho. Uno de ellos tenía Facebook y uno más aparecía como el dueño de una empresa de computación. Los contacté, pero sus respuestas no llegaron hasta varios días después. Mientras recorrí las calles de la zona 8, donde vivían casi todos, esperando que en 27 años no hubieran cambiado de casa.

Pero el mundo da muchas vueltas y la gente se mueve. Solo dos guardaban la misma dirección. En una de las casas me abrió un familiar que dijo que le entregaría una copia del libro y que le daría mi número de teléfono. En la otra me atendieron dos ancianos. “Llega usted tarde, él ya no existe”, dijo el hombre y la mujer detrás bajó la mirada, “hace tres años que le dio un derrame cerebral”, completó la información la señora. Eran los padres de Alejandro Arenales, uno de los pequeños poetas. Me contaron que no dejó de escribir nunca, que siempre andaba con un papel y aprovechaba cualquier libro para devorarlo. Les dejé una copia del poemario y ellos lo abrazaron como si hubieran recuperado un poco a su hijo.

El Internet y las viejas direcciones me llevaron a tres de ellos. La guía telefónica no sabía nada, ni la actual, ni la anterior, ni la anterior a esa. Una sola pista conseguí, uno de ellos era de apellido Conlledo y solo había tres números con ese apellido, llamé y en el segundo me dijeron que lo conocían y prometieron darle el mensaje, sin embargo nunca se comunicó. Ya empezaba a pensar que no lograría reunirlos, cuando un compañero me contó que el equipo de investigación de elPeriódico tenía un servicio de busca personas, “probá, quizá aparece algo”, aconsejó. El programa era una página web, algo parecido al Infornet, donde al ingresar un nombre completo devolvía un número de teléfono y a veces una dirección. Así encontré a dos más. Eran cinco, el sexto llegó alertado por uno de sus compañeros. Y en la reunión salieron recuerdos de infancia, como los de que cualquier adulto que se reúne con los niños con los que creció.

Las riñas con los profesores, los castigos, los partidos de fútbol, los apodos de pequeños, pero algo más, retazos de la vida de un profesor que les guió desde primero primaria y que sin previo aviso desapareció un 12 de mayo de 1984, un maestro que nunca volvió a calificar las tareas, que dejó muchos poemas infantiles sin leer.

Derecho en el recreo

Luis de Lión llegaba a clases y sacaba la silla del escritorio del profesor, la ubicaba entre los pupitres de los niños y se confundía con ellos. Su cuerpo robusto y su cara redonda se perdía entre las caras de los alumnos, a veces se sacaba los lentes con una mano y miraba a los niños sin los cristales de intermediarios, cuando hacía frío usaba un gastado suéter de lana. Si no estaba sentado en medio de todos, estaba subido sobre el escritorio, con los pies colgando, no era difícil darse cuenta que no era un profesor común. “Nunca nos trató como niños, siempre nos vio como personas que en el futuro iban a hacer cosas grandes, eso era lo que nos hacía sentir”, recuerda Jorge Mario Juárez.

Había veces que llegaba cargado de exámenes de sus alumnos de la Universidad y los repartía entre los niños de tercero primaria, “me van a ayudar a calificar” les decía y los pequeños no podían dejar de sentirse importantes. Eran pruebas de respuestas múltiples y Luis les decía cuál era la correcta en cada pregunta, pero las correcciones se hacían largas porque, tal y como Luis les había enseñado, los niños no eran capaces de quedarse con una duda. “Qué quiere decir eso”, gritaba alguno ante una respuesta y Luis sin empacho y sin contemplaciones les explicaba cosas de universitarios.

“Muy bien, quien quiera recibir clases de Derecho que se quede en la clase durante el recreo”. Luis de Lión soltaba la propuesta al aire, y la lanzaba a niños de once años, a pequeños cuyos pies temblaban por patear la pelota, a aquellos que al oír la campana que anunciaba el receso brincaban como si los impulsara un resorte. Había algunos que no resistían y corrían al patio, pero también había muchos que se quedaban con el maestro. Pável Hernández era uno de ellos, “con él aprendí de la Revolución”, dice el que ahora tiene casi 40 años, es vendedor y ha recorrido buena parte del mundo, “las palabras del maestro me llevaron en cuanto pude a Cuba. Él también nos enseñaba sus fotos de viajes, había estado en Polonia y en Rusia y desde entonces yo pensé que quería viajar tanto como él”, cuenta Pável, “él me dijo que no importaba de dónde saliera uno, de la escuela más pobre o de donde sea siempre se pueden lograr cosas grandes”.

La lista de países que Pável ha visitado tiene veinte nombres y sigue creciendo.

“No llevaba libros, solo se sentaba y nos hablaba y hablaba mucho y nosotros lo escuchábamos atentos”, recuerda Oswaldo, que en ese entonces era El Mapache y hoy se dedica al mantenimiento industrial, “después nos hacía un examen con lo que habíamos hablado”.

La literatura, claro está, era parte fundamental de su enseñanza. Cada semana les pedía que entregaran un cuento, una fábula o un poema y les guiaba sobre cómo hacerlos mejores. La lectura fue primordial desde segundo primaria, cuando empezó a trabajar con el grupo. “Recuerdo que desde muy pequeños ya leíamos bien, sin trabarnos y escribíamos casi sin faltas de ortografía”, dice Fredy Alejandro de León y los demás asienten mientras reflexionan sobre algunos de los niños de estos años, que más que leer tartamudean.

Un día Luis les llevó una noticia importante: le había compartido algunos de sus escritos a un periodista de Prensa Libre y le habían gustado tanto que quería conocer al grupo. “Va a venir la otra semana y se va a llevar algunos de sus textos para publicarlos, así que pilas, escriban algo perfecto”, les dijo. La semana siguiente cada uno llevó un trabajo pulido y repulido, pero el reportero no llegó. “Seguro la otra semana viene”, afirmó el profesor y los alumnos se dispusieron a trabajar en un texto aún mejor. La semana siguiente tampoco apareció el periodista y Luis les motivó a que siguieran escribiendo, “porque el otro lunes viene y se lleva lo que hayan escrito”. Como el cuento de Juanito y el lobo, los niños redactaron cada semana un cuento mejor que el anterior, hasta que algunos, como Oswaldo, se cansaron de esperar. Un fin de semana le ganó la idea de salir a jugar fútbol y escribió un poema a la carrera. El lunes siguiente sí llegó el reportero y Oswaldo se erizó de rabia, el texto que se iba a llevar no era tan bueno como los anteriores. Con todo sus poemas salieron en la Revista Chicos y los niños presumieron por mucho tiempo con sus familiares, “soy escritor” se decían a sí mismos.

Terminar un poema no era cosa sencilla. Luis era exigente, sabía que los niños podían dar mucho. Oswaldo recuerda el día que llegó con un poema a cerca de sus zapatos, decía así: “con corbata de correa negra y piel negra también”. Luis torció los labios y le pidió que buscara otro adjetivo, para no repetir negra. “¿qué otras cosas son negras?” le pidió que reflexionara al niño. “La noche”, dijo Oswaldo, “sí, pero noche no suena muy bien… pensá en alguna cualidad de la noche”. El niño apretó los parpados y sugirió “oscura”, “muy bien” dijo el maestro, “entonces la piel sería de…”. “¡Oscurantismo!” gritó el niño de once años, “no vos, eso es otra cosa” respondió Luis. “¿oscuridad?” soltó Oswaldo tímido, “Nítido, nítido. Piel de oscuridad suena rebien, ¡ahí estás, ahí estás!” se emocionó el profesor. Y el poema quedó listo. 

Pero Luis de Lión también sabía disciplinar. Si la clase estaba en plena efervescencia y nadie obedecía en ir a sentarse y callarse, Luis sencillamente se quitaba el cincho de los pantalones y los demás ya sabían que tenían que hacer cola. Un cinchazo a cada uno y listo. “Ninguno nos huíamos de la fila”, dice Óscar Juárez, “nunca lo cuestionamos por eso, sabíamos que nos lo merecíamos”, cuenta entre risas Oswaldo, “ahora un maestro le pega a un niño y le caen los Derechos Humanos”, comenta y los demás sueltan la carcajada. “No nos molestaba porque sabíamos que lo hacía por corrección y no por maldad”, opina Fredy. A pesar de los golpes, todos lo guardan en la mente como un profesor insuperable. El mismo que se desenfundaba el cincho también iba al patio a hacerla de árbitro en los partidos de fut, y dedicaba el tiempo que hiciera falta a escuchar los problemas de niños de once años. “Yo crecí siendo Testigo de Jehová”, recuerda Oswaldo, “y Luis me escuchaba interesado, me preguntaba por mi religión, por lo que yo creía y sentía”.

– “Muchá hay una palabra que tienen que aprender”, les decía y los alumnos lo miraban como hipnotizados, “pero es bien importante, esta palabra no se les tiene que olvidar nunca”, los niños apuntaban con sus lápices en el cuaderno, esperando aquella clave mágica, “autodidacta. Recuérdenlo ustedes tienen que ser autodidactas”.

– ¿Qué es autodidacta Luis?, preguntaba uno de ellos, le llamaban Luis, así como si fuera otro compañero.

– Eso quiere decir que ustedes solitos van a aprender sin necesidad de que un profesor se los diga, sin que los obliguen.

El autodidacta busca libros, lee, pregunta y aprende solo. Es muy importante ser autodidacta.Quizá Luis de Lión ya presentía que iba a dejarlos pronto y por eso les insistió tanto que aprendieran a prescindir del profesor, o quizá lo dijo simplemente porque fue algo que él mismo aplicó en su vida. De cualquier forma el final de esa clase especial estaba cerca.

El tiempo ha pasado y los recuerdos siguen frescos. Aunque ninguno de los seis exalumnos se dedica a la literatura sí reconocen el efecto que causó en sus vidas. Jorge Mario siempre lleva dos o tres libros a todas partes, Oswaldo le inventa cuentos a su hijo cada mañana cuando lo lleva al colegio, Fredy y su niño ganaron un viaje a Disney por un poema que hicieron juntos, Pável –que de niño se quejaba por tanta lectura– ahora ha leído historias de todo el mundo. La publicación del libro les tomó por sorpresa, también los poemas cambiados en sus páginas, descubrieron que algunos llevaban el crédito del autor equivocado y que en otros se habían perdido versos. “Al final lo que importa es que se publicó”, sentencia Oswaldo y los demás saben que tiene razón.

La literatura fue formando parte de sus vidas. Ya no podían vivir sin escribir, sin ver el cielo o las flores y de inmediato pensar en un poema. “Piel de oscuridad”, decía Oswaldo cuando miraba sus zapatos. Pero un día la clase estaba vacía. Alertados por el timbre de entrada se apelmazaban en las gradas para llegar a tiempo al aula. Luis no los estaba esperando. Su silla no estaba en medio de los pupitres como siempre. ¿Muchá y el profe?, dijo alguno de ellos, pero nadie supo responderle. Aún hoy, 27 años después nadie sabe responderle. 

Minutos después llegó el director y les dijo que el profesor estaba enfermo y que otra maestra lo cubriría ese día. Al día siguiente tampoco estaba y el día que seguía tampoco. Los niños se preguntaban qué enfermedad podría tener para ausentarse tanto tiempo. Hasta el día en el que el director les dio una serie de palabras confusas, inentendibles para unos niños de once años: “el profesor Luis de Lión ya no va a regresar, en su lugar se queda la señorita”, la mujer sonrió, sabiendo que reemplazar al maestro que llevaba años con ellos no era tarea sencilla. ¿Por qué no va a regresar?, ¿sigue enfermo? Las preguntas de los pequeños eran muchas y el profesor no conseguía contestarlas. “Él desapareció, ya no va a regresar”, les dijo y aquellas palabras fueron terriblemente difíciles de pronunciar, imposible entrar en detalles.

Quizá la mirada del director o el tono de su voz les hizo ver a los alumnos que no debían hablar más del asunto, que cualquier pregunta que hicieran sería peligrosa, que si no lo habían entendido en ese momento, no lo entenderían nunca."

Y nunca lo entendieron ¿por qué se fue?, ¿por qué se cortó de golpe su camino en las letras?, ¿por qué sus consejos se acabaron a mitad del año? Tantas preguntas sin respuestas. El rostro del profesor Luis apareció años después en el Diario Militar. Sus hijos se quedaron con ese último retrato y con un cerro de poemas, cuentos y fábulas que los niños escribieron y que el maestro nunca pudo revisar.

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