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Entre ciegos y tuertos. Por Karina García-Ruano

Así como hay movimientos de defensa del consumidor, yo abogo por uno de defensa del educando-lector. Un movimiento que encuentre respuestas y soluciones a por qué contenidos, libros y obras de historia y literatura que deberían ser obligatorias en la formación de las nuevas generaciones, nunca son siquiera referidas en los años de “educación formal”.

Una frase habitual es que la educación es la solución de los problemas socio-político-económico-culturales del país. O sea, de todo. Pero habría que preguntarse de qué tipo de educación estamos hablando. Qué modelos se están inculcando y reproduciendo. Qué contenidos se incluyen y qué se queda afuera. Si se da la luz para que los jóvenes guatemaltecos abran los ojos a sus realidades o se les opaca la vista para que puedan ver parte o nada de ellas.

¿Quién y cómo se decide qué libros de historia y literatura usamos durante los años de educación escolar? Van a tener que dar cuentas y aceptar responsabilidades, porque sin duda es una de las razones para que vivamos en un país de ciegos y tuertos a la realidad.

Por qué en esa educación formal nunca se refiere un libro de historia que hable de etnicidad, tierra y violencia en Guatemala como lo hace Victoria Sanford, tomando el caso de Panzós para explicar el contexto y devenir de la compleja dinámica de la Guatemala contemporánea. Por qué nunca incluyen en los programas de literatura esas 84 páginas plagadas de riqueza narrativa y ardor social con la que Luis de Lión proclamó que el tiempo principia en Xib'alb'a. Es más, cuántos guatemaltecos saben que esta fue la primera novela maya de la historia y que su autor fue desaparecido, torturado y muerto por las fuerzas armadas durante el conflicto armado interno.

La historia y la literatura son dos materias fundamentales para un sistema educativo y la estructura en la que repercute. Una, haciendo reseña de los hechos a través de las ciencias sociales, y la otra como manifestación artística de estos a través de la palabra. Ambas clave para entendernos y construirnos. Y reconstruirnos, como es el caso de nuestro país, que necesita tejerse socialmente luego de los antecedentes –y presentes– de enfrentamiento, marginación, discriminación y polarización. Pero lamentablente, en nuestro país estas son también asignaturas pendientes. La historia y la literatura se quedaron estancadas en los sistemas de los que dijimos estar saliendo hace ya casi tres décadas. Silenciando la verdad o dejándola a medias.

Mientras el dinosaurio educativo desaparece –porque tal vez le caiga una glaciación social encima– es necesario dejar entrar luz aunque sea de a poco en la caverna. Reforzar los canales alternativos de acceso a la historia no contada, a las letras no leídas. Proyectos que desde la informalidad compensen lo que no recibimos en la formalidad. Cine, conversatorios, blogs, música. Que lo que se oscurece en las aulas se ilumine fuera de ellas.

Muchos dicen que en Guatemala la educación formal es un privilegio. Yo digo que la educación informal también lo es. Si no fuera por ella, por las lecturas fuera de las aulas, por las preguntas rebeldes que alguna vez nos sacaron de ellas, por las conversaciones en los cafés y bares, por los grupos de lectura y conversatorios, por el cine, la música y todo el arte al que aunque sea regateando se pueda acceder (a pesar de que muchos ahora se empeñan en vedarlo)... seríamos mucho más ciegos y tuertos de lo que algunos se han propuesto que seamos.

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Texto publicado por Plaza Pública , lo reproducimos con el permiso de la autora, quien es columnista en ese medio.

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