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La novela y la historia. Francisco Pérez de Antón.

Por Francisco Pérez de Antón

Quisiera ante todo expresar mi profunda gratitud al Ministerio de Cultura y Deportes, al Consejo Nacional de las Letras y a las personas que propusieron mi nombre para este premio. La decisión de concedérmelo significa para mí una muestra más de la nobleza y generosidad que este querido país ha mostrado siempre con mi persona. De ahí que lo reciba y acepte desde la emoción fraterna y el cariño, más que desde mis posibles méritos.

Agradezco también a José Luis Perdomo el encomio que ha hecho de mi obra. José Luis no es sólo un gran escritor, sino también un extraordinario ser humano de cuya amistad me enorgullezco y me honro, y quien, en uno de sus refinados y luminosos aforismos ha escrito: Lo que se diga de un hombre no es nada. Lo que importa es quién lo dice. Con ello quiero subrayar que es su poderosa fuerza expresiva y no mis aptitudes lo que hace valioso su encomio.

Gracias, José Luis por tus palabras repletas de afecto. Siempre las llevaré, agradecido, en mi corazón y mi memoria. Tú sabes, porque me conoces, que me cuesta aceptar los elogios. Soy un escritor tardío a quien la vida dio la oportunidad de cumplir su más temprana vocación, que era escribir. Y estoy claro de que no siempre escribo el libro que quiero, sino el que puedo. La práctica de la escritura me ha permitido, además, conocer las flaquezas y vanidades de este oficio. Por ello estoy obligado a decir que mis sentimientos al aceptar este premio son los que podría experimentar un estudiante el día de su graduación. La literatura, como la vida, es un largo proceso de aprendizaje y, no obstante la experiencia ganada, me sigo todavía sintiendo un catecúmeno de las letras.

No es falsa modestia, lo aseguro. El escritor nunca llega a dominar del todo su arte. Siempre hay algo que ignora de él o se le escapa. Escribir, sobre todo ficción, es un misterio. Nadie sabe con certeza de dónde provienen esos mundos nacidos de la imaginación, poblados de personajes fascinantes que hacen y dicen y viven todo aquello que a los lectores nos hubiera gustado hacer, decir o vivir. Y es que la aventura del escritor se asemeja mucho a la del explorador. Uno se adentra en el bosque de la fantasía y las palabras sin saber qué va a encontrar en ellas. Y cada nueva prospección se torna una andanza insospechada de la que siempre se aprende algo nuevo.

En mi caso, una de esas aventuras ha sido la de la ficción histórica. Zambullirse en la historia de Guatemala es una experiencia que transforma. Puedo dar fe. Y es acerca de esta peripecia y de esa mágica asociación entre literatura e historia sobre lo que quisiera decir unas palabras.

Poco antes de morir, el profesor alemán Winfried Sebald explicaba en una entrevista que, a menudo, historia y cultura emergen de un artificio y que ninguna de ellas, cultura e historia, adquieren su plenitud hasta que no son reelaboradas por el arte.

Cuesta aceptar, así y todo — cuando menos en un primer examen de esta reflexión—, que el esplendor de las culturas y la identidad de los pueblos se deban a un artificio, palabra que en su acepción más noble no significa otra cosa que el oficio propio del arte. Pero si bien se observa la marcha de los pueblos se verá que su historia se nos muestra con frecuencia por medio de una imaginativa tramoya, esa de la que toda cultura se vale para transmitir al gran público su pasado y sus esencias.

Es el caso de las pinturas de la Capilla Sixtina, fascinante fantasía de la cultura judeo cristiana, imaginada por Miguel Ángel Buonarroti. O de ciertos cuadros denominados históricos, como La rendición de Breda, de Diego Velázquez, o La muerte de Sócrates, de Jacques-Louis David, donde los escenarios y los rostros de los personajes son inventados. O el mural de Alfredo Gálvez Suárez titulado El choque, que engalana este Palacio de la Cultura y en el que el gran artista guatemalteco quiso recrear el combate entre Tecún Umán y Pedro de Alvarado.

En los tres casos, el arte reemplazó a la historia real, sin ofenderla ni atropellarla. Y merced al poderoso simbolismo que estos artificios proyectan, la historia y la cultura del judeo-cristianismo, de Guatemala o de España adquieren con ellos una plenitud y un brillo insospechados.

De la literatura se podría decir otro tanto. La identidad de los pueblos se ha construido a menudo a partir de ficciones literarias de carácter histórico. Me refiero a los mitos ancestrales que relatan el origen de las culturas, a las leyendas, a los poemas épicos, a los grandes relatos. Obras como la Odisea, de Homero o La Divina Comedia, de Dante, novelas como Guerra y Paz, de León Tolstoi, Los miserables, de Victor Hugo, Ivanhoe, de Walter Scott, los Episodios Nacionales, de Benito Pérez Galdós, o El señor Presidente, de Miguel Ángel Asturias, ficciones todas de carácter histórico que han contribuido a fortalecer, enriquecer y ampliar la identidad de sus respectivos países tanto como la propia historia.

Tales artificios, empero, no pretenden alterar la realidad histórica. El arte es fantasía, genio, técnica, agudeza, pero no historia, como advierte mi buen amigo Hernán del Valle. Lo que llamamos Historia, con mayúsculas, consiste en la vida pública de las naciones, sus procesos políticos, la biografía de sus héroes o la reseña de sus grandes batallas y victorias.

Una novela de fondo histórico, en cambio, relata la vida privada de las personas en el marco de un determinado capítulo de la historia. O como ha escrito Marguerite Yourcenar, autora de ese portento histórico-literario titulado Memorias de Adriano, el novelista cuenta desde dentro lo que el historiador cuenta desde fuera. El resultado es una ficción revestida con las luces, las sombras, las pasiones, los sentimientos, la atmósfera y, en fin, el pulso, de una época fenecida y con frecuencia olvidada.

No es misión de la literatura, pues, enseñar historia. Sí puede, en cambio, estimular el aprendizaje de la historia. Y esto es algo que subyace en mi narrativa. La historia oficial es tarea del historiador, pero hay millones de vidas privadas que los historiadores no pueden reseñar. Vidas de las que no quedaron huellas. Ni datos biográficos. Ni fotografías. Ni, excuso decir, monumentos. Y esas vidas suelen ser la materia de que está hecho ese género literario que conocemos con el nombre de novela histórica.

Francisco Morales Santos, con la claridad y el arte propios del poeta que sabe cómo expresar en pocas palabras ideas y sentimientos muy complejos, lo ha resumido de manera admirable en unos de sus mejores poemas titulado Madre, nosotros también somos historia, expresión que nos recuerda que la historia no pertenece solamente a los personajes de relumbrón, sino también a esa ingente multitud de personas anónimas a las cuales la literatura puede legítimamente dar vida y poner nombre.

En este sentido, la ficción ilumina la historia y asigna protagonismo a seres que de otro modo no lo tendrían. Y es merced a las ficciones que se va construyendo el imaginario de un país, entendiendo por tal lo que otros llaman carácter nacional o conciencia colectiva.

Hay dos tipos de novela histórica, aquella que utiliza la historia como un medio o un recurso, y la que tiene como fin alterar o revisar la historia. Mis novelas se inscriben en el primero de estos dos modelos. El escritor de ficciones inventa, pero no pretende engañar a nadie, sobre todo si investiga la historia con la minuciosidad de un historiador. Tal es la paradoja de este género literario, entretener y educar por la vía de la ficción, pero sin ofender la historia, crear una realidad inventada que pueda deleitar aprovechando, como decía el clásico, utilizar la narrativa para hacer pensar, o como una vacuna contra el olvido o, en última instancia, como un antídoto contra la ilusión política.

Lo que es justo y necesario, me parece. El presente es presencia del pasado. Y a lo largo de milenios, los pueblos se han remitido a su ayer para conectarlo con su presente. Cakchiqueles y quichés, pongo por caso, dedicaron buena parte del Popol Wuj y el Memorial de Sololá a justificar su presencia en el altiplano de Guatemala mediante mitos y leyendas que hoy constituyen la prehistoria de la nación. El objeto de estos textos fue sin duda responder a las preguntas que toda cultura se plantea a la hora de fijar su identidad: quienes somos, de dónde venimos y cómo hemos llegado hasta aquí.

Todo lo cual implica que el presente nos plantea interrogantes a los que sólo pueden responder a veces el pasado y la historia, y que salir en busca del tiempo perdido no supone en modo alguno una pérdida de tiempo. El hombre vuelve siempre a sus orígenes y a sus demonios, ha escrito mi querido amigo Gerardo Guinea. Y sea para conocer los unos o para exorcizar los otros, ésa es una constante de nuestra condición como seres humanos que somos.

Hay algo más, en suma, que la novela histórica puede aportar a la cultura, además de la experiencia que supone viajar con la imaginación a épocas que nos hubiera gustado conocer y acaso vivir. Y es satisfacer la necesidad de entender el presente y de reflexionar sobre los problemas de nuestros días. En casos así, el aporte de la ficción histórica a nuestra vivencia actual puede ser tan ilustrativa como oportuna.

Les recuerdo un caso célebre. En 1950, el escritor norteamericano Howard Fast se negó a entregar al Comité de Actividades Anti-Americanas del Congreso de Estados Unidos la lista con los nombres de las personas que habían contribuido a financiar una asociación de auxilio a los refugiados antifascis-tas de la Guerra Civil española. Fast fue sentenciado a tres meses de cárcel por desacato, pero aprovechó su estancia en prisión para comenzar a escribir una novela que alcanzaría un éxito descomunal. Su título era Espartaco. En ella su autor planteaba ese tema tan de hoy —tan de ayer y tan de siempre— como lo es la tensión entre libertad y servidumbre. Y su logro consistiría en mostrar a los ojos del gran público la violenta e incontenible rebelión a que puede llevar el oscurantismo político cuando trata de cortar las alas a la libertad de las personas.

La novela de género histórico, en definitiva, es capaz de recrear temas de ayer que el lector avisado identifica de inmediato con situaciones del presente y con sus posibles consecuencias. Y ésta es la razón de que el género se rejuvenezca una y otra vez con nuevas creaciones. Baste recordar obras como Terra Nostra, de Carlos Fuentes, Yo el Supremo, de Augusto Roa Bastos, El siglo de las luces, de Alejo Carpentier, La guerra del fin del mundo, de Mario Vargas Llosa, Noticias del Imperio, de Fernando del Paso, Los pilares de la Tierra, de Ken Follet, o Un día de cólera, de Arturo Pérez Reverte, obras escritas con el propósito de utilizar la historia como metáfora, como despertador o como espejo. Artificios del arte, sin duda, como decía al principio, tramoyas culturales que, sin embargo, enriquecen y ensanchan y completan la vida de las personas. ¿O no es acaso ése el propósito de la cultura, crear lo que nadie ha creado, soñar con mundos mejores, gratificar la identidad, provocar la reflexión, criticar lo ilícito y lo lesivo y despertar las conciencias? La ficción histórica constituye en nuestros días una de las numerosas capas en las que se asientan la identidad y la memoria de las naciones. Hay una buena razón, me parece. Y es que las novelas de este género provocan intimidad y cercanía con el pasado, al tiempo que crean en quienes las leen un gozoso sentido de pertenencia.

Esto fue lo que aprendí estos años mientras iba dando forma a mis narraciones históricas sobre Guatemala. Nací en España y la cultura española nutrió mi infancia y mi juventud. Pero a lo largo de casi medio siglo, mi espacio intelectual, mi territorio literario, mis trabajos, mis afectos y mi vida han estado aquí, entre ustedes, compartiendo los dolores, las alegrías y las penas que nos ha deparado nuestro tiempo. De ahí que toda mi obra la haya dedicado a este país que tanto quiero. Y llegado este día, esta noche, no puedo estar más feliz por haberme implicado en esa aventura literaria y, sobre todo, por haber contribuido en la medida de mis recursos a enriquecer la cultura y la memoria histórica de Guatemala.

Para terminar, quisiera decir que no tengo mucha experiencia en recibir premios literarios, aunque confieso que gané uno tiempo atrás, un hecho que había guardado hasta hoy en secreto. Cumplidos los diecisiete años, me concedieron un primer premio de relatos breves en la española provincia de Toledo, cuya recompensa consistía en cinco libros, un diploma y el honor de leer en público el relato premiado.

No creo haber pasado peor momento en mi vida. Luego de recibir los libros y el diploma, tomé las cuartillas y me dispuse a leer el cuento. Era la primera vez que me enfrentaba a un micrófono y la emoción y los nervios no me dejaban respirar normalmente, con lo cual debía interrumpir a cada poco la lectura ya que se me iba el aire. Lo más grave, sin embargo, fue el temblor que se apoderó inexplicablemente de mi pierna izquierda, la cual me fue imposible sujetar mientras leía el cuento y observaba de reojo las apagadas risitas del público al ver cómo me temblaban las cuartillas en mis manos.

Hoy, al recibir este prestigioso premio de literatura, confieso que no me ha temblado la pierna izquierda. Me ha temblado la derecha. Y no a causa de un nerviosismo parecido al que experimenté aquel lejano día de mi adolescencia, sino al gozo que supone para mí haber sido honrado con este galardón el cual recibo con la emoción y el cariño que siempre he sentido por esta amadísima tierra.Mil gracias a todos por su generosidad y su afecto.

Guatemala, 25 de noviembre de 2011.

Con el permiso de Francisco Pérez de Antón, reproducimos íntegramente el discurso que leyera el día que le fuera entregado el Premio Nacional de Literatura 2011.

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