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Coloquio con Miguel Ángel Asturias. (Fragmentos de una conversación) Parte 1




En lo que toca al Señor Presidente, puedo señalar que lo primero que escribí fue un cuento que se llamó “Los mendigos políticos”. Este cuento llamado “Los mendigos políticos” lo escribí yo al final de 1923. Ya no me dio tiempo para enviarlo a ningún periódico. Aquí, en esa época, y creo que todavía actualmente, con motivo de la Navidad los periódicos publican una edición literaria. Ya no tuve tiempo de enviar este cuento que se llamaba “Los mendigos políticos” a ningún periódico de Guatemala, y cuando me marché a Europa en 1924, llevaba este relato conmigo. 

 Llegado a Europa, nos reuníamos con amigos en los cafés de Montparnasse y en la charla de café empezó a surgir lo que podríamos llamar una rivalidad entre los venezolanos, los guatemaltecos, los mexicanos, que referíamos algunas anécdotas de nuestros respectivos dictadores, de don Porfirio Díaz, de Estrada Cabrera, del dictador de Venezuela, y cada quien hacía cuentos sobre el particular. Esta “rivalidad” me fue haciendo a mí ir recordando, indudablemente, una gran cantidad de cosas que yo había oído contar en mi casa. 

Durante la dictadura de Estrada Cabrera, en las casas, cuando se hablaba –que no se decía Estrada Cabrera sino se hablaba de “el hombre”-, se cerraban todas las puertas y las familias se retiraban algo así como hasta la cocina; ahí se hablaba en voz muy baja sobre lo que ocurría en el país. Uno, de niño, asistía a estas conversaciones –muy, como digo, muy en voz baja- tal vez incomprensibles porque se hablaba de personalidades de la política o de situaciones de presos, de gentes que estaban en la penitenciaría, o de los sucesos de los cadetes, o los sucesos de los muertos por la bomba cerca de la Iglesia del Callejón del Judío. Todos estos aspectos, pues, indudablemente fueron quedando impregnados en mi sensibilidad, y a mí me servía todo esto que yo iba recordando para ir relatando anécdotas de aquella época. Luego, una vez pensé: “Pero, si tengo “Los mendigos políticos”, que son un poco el recuerdo de esta situación, es indudable que puedo ir agregando, a lo que ya tengo, las nuevas anécdotas que voy recordando”. Y es así como, conversando, empezó a surgir El Señor Presidente. 

Jamás tuve yo el ánimo de escribir una novela; jamás tuve el ánimo de que fuera a publicarse, sino más bien lo hacía como recogiendo los relatos que yo hacía sobre El Señor Presidente. 

En esta época frecuentábamos a algunos escritores muy preocupados del papel que jugaba la palabra en los textos literarios. Uno de estos autores, que fue gran amigo mío –lo digo con orgullo-, es Paul Eluard, el famoso poeta francés. Conocí también en esa época, aunque menos –muy de lejos naturalmente-, a James Joyce; conocí a Gertrudis Stern, y en todos estos autores lo importante era la palabra: era lo que la palabra representaba dentro de la frase. 

Ya después conocimos a Joyce, en el que, si no es verdad que la palabra haya sido su principal preocupación, es indudable que Joyce jugaba con el idioma en tal forma que, uniendo las palabras en un sentido o en otro, se encuentra una u otra descripción o una u otra manifestación. Recuerdo que Alejo Carpenter escribía entonces una novela de la que sólo algunos capítulos se publicaron, no sé si se escribió entera –en una revista que se llamó Imán-, que se llamaba Ecue Yamba O. La novela empezaba más o menos así: “Ecueyambaó, retumban las tumbas en casa de Acué; yambaó, yambaó, en casa de Acué, retumban las tumbas; retumban las tumbas en casa de Acué.” Es un poco el “¡Alumbra, lumbre de alumbre, Luzbel de piedralumbre!”. Esa cosa: nosotros teníamos la preocupación por el sonido de las palabras en esos momentos. 

Esto debemos unirlo también al movimiento surrealista que empezaba, que ya estaba desarrollando en Francia; había llegado Tristán Tzara, había terminado un poco el dadaísmo, y comenzaba Breton y comenzaban los surrealistas a lanzar sus manifiestos y a impulsar la creación puramente mecánica. Nos entusiasmó a nosotros la idea de podernos sentar a la máquina de escribir o frente a una cuartilla y empezar a escribir mecánicamente procurando la no intervención de la inteligencia; y entonces, con Arturo Uslar Pietri, un venezolano que escribía “Las lanzas coloradas”, hacíamos ejercicios de esta clase; pero los hacíamos con máquinas de escribir. Poníamos el papel y empezábamos a escribir en forma casi mecánica, de donde salieron muchísimos textos que también publicaron en esta revista que se llamó Imán. Estos textos, que al parecer eran disparatados, ya juzgados en cierta forma, tenían una cierta unidad, caótica si se quiere, pero eran reveladores de un gran acervo del subconsciente nuestro, de nuestra forma de ser y de pensar tal vez latinoamericana. 

Ya en esa época empezamos también a estudiar, a formar, a escribir poemas en los cuales leyendo las palabras en un sentido significaban una cosa y juntando las palabras en donde terminaban con el principio de la siguiente palabra significaban otra cosa. Todo esto fue un gran trabajo de laboratorio. 

Al mismo tiempo, yo estudiaba con el profesor Raynaud “Mitos y Religiones de la América Maya”; quiere decir, que yo repartía mi tiempo entre los estudios éstos que realizaba en La Sorbona sobre mitos indígenas y esta otra actividad lateral, que era una actividad que yo no me atrevo a llamar siquiera literaria, sino que era una actividad de gusto por la palabra, de gusto por la creación, por recordar, por conservar, y es así como más o menos va naciendo El Señor Presidente. 

Si estos datos pueden servir para aclarar algo sobre la creación de El Señor Presidente, pues ya he contado esto y puedo ir ampliándolos según vaya recordando.

(clic para leer la parte 2)

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