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Desde España

Encuentros en el ciberespacio

31.05.10 - 02:23 -

Publicado en el Diario El Comercio de España... sobre la comunidad de lectores en Guatemala
http://www.elcomerciodigital.com/v/20100531/cultura/encuentros-ciberespacio-20100531.html

En el pasado Salón del Libro Iberoamericano de Xixón tuve la suerte de participar en un encuentro a cargo del gran chamán Jesús Fernández, que era el que movía las escobas voladoras de la tecnología.

La magia consistía en mantener un encuentro en tiempo real con imagen y sonido entre dos grupos de lectores, uno de Mieres y otro de un poco más allá, de Guatemala, a la vuelta de la esquina, como quien dice. Quizás para los versados en las nuevas tecnologías esto de poder verse y hablar a miles de kilómetros de distancia, y además gratis, les parezca tan sencillo como asomarse a la ventana y observar el paisaje que hay justo delante... Pero para aquellos que nacimos cuando el 600 era un prodigio de tecnología, de velocidad punta y amplitud, todo esto nos parece historias de "bruxes".

De ese encuentro de casi dos horas que mantuvimos alrededor de una novela mía, hay dos intervenciones por parte de los lectores que me merecen cierta reflexión. La primera es sobre el lenguaje, la otra sobre la reelaboración del texto que hace el propio lector.

Una de las participantes guatemaltecas criticaba el lenguaje un tanto soez -así dijo - que aparecía en mi novela, lo que llegaba a resultar incómodo a los lectores de su país; aunque añadía a continuación, que ella sabía que en España ese era el lenguaje habitual y entendía, por tanto, que el novelista lo único que hacía era reflejar tal realidad, por muy molesta que pudiera resultar.

Con un cierto sonrojo, que espero se diluyera entre tanta agua como había de por medio, tuve que aceptar su pequeña y justificada regañina. Sin embargo, ganas tuve de explicarle que me había quedado corto porque aquí, ahora mismo, el problema en los centros de enseñanza es convencer a nuestros alumnos para que digan: "Pásame el boli, tío", en lugar del habitual: "Cago en tu madre, pásame el boli, tío"; aquello otro de: "Podrías pasarme el boli, por favor", es algo que ya ni osamos plantearlo por resultar tan imposible como que yo entienda el funcionamiento de las videoconferencias.

La otra cuestión vino del grupo de lectoras mierenses (¿dónde estaban los hombres?) cuando haciendo referencia a una descripción que se hace de unas gaviotas que vuelan catapultadas hacia el cielo, una de ellas lo relacionó sagazmente con el abandono de la idea de suicidio del protagonista. Tuve que confesar que nunca se me había ocurrido tal simbología, aunque me parecía muy pertinente la idea. Añadí que uno tiene la suerte de tener lectores más inteligentes que el propio autor -lo cual no es mucho decir-, y sobre todo me sirvió para comprobar una vez más la magia de la literatura: ese auténtico milagro de los panes y los peces. Una vez salido de las manos del autor, ese libro único se multiplica tantas veces como lectores tenga, otorgándole cada uno de ellos interpretaciones y realidades que muchas veces jamás han pasado por la mente del escritor.

El acto finalizó con un ramillete de besos y saludos enviados por los participantes a ambos lados del mar, y esa sensación de gratitud, casi de entrega amorosa, que los lectores pueden llegar a mostrar como ya sabía el muy faulkneriano Faulkner cuando decía que los mejores amigos de un escritor son sus lectores. Y eso que por entonces no podía encontrarse con ellos en el ciberespacio.

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