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Tierra de hombres con lupas y dentaduras postizas Parte II



Por: Claudia Navas Dangel
Integrante del Círculo de Lectores
Guatemala-España
Comunidad de Lectores de Guatemala
Profundo conocedor de las zonas selváticas, muy puntilloso en sus descripciones y de vertiginosa exactitud geográfica (por algo Sepúlveda reconoce en Emilio Salgari a uno de sus avatares), este autor aprovecha para intercalar hechos autobiográficos en sus obras y El viejo no es la excepción, puesto que convivió con los shuar, en la selva durante meses. Tal estadía, revela él, le hizo cambiar su cosmovisión marxista, al darse cuenta de que sería imposible aplicarla en esas culturas.
“El aire se notaba cada vez más caliente y espeso. Pegajoso, se adhería a la piel como una molesta película, y traía desde la selva el silencio previo a la tormenta. De un momento a otro se abrirían las esclusas del cielo”, es una descripción que sólo alguien con experiencia directa en tales lugares podría escribir con tanta exactitud, a pesar de lo parco que es en palabras. Una descripción cinematográfica además, impecable porque, recordemos, el autor también es director de cine.
A sus personajes los redondea por igual, con un conocimiento que sólo podría venir de la experiencia directa: “Al dentista le gustaban las negras, primero porque eran capaces de decir palabras que levantaban a un boxeador noqueado, y, segundo, porque no sudaban en la cama”. (el respeto)
También sabe ver desde los ojos de los shuar, por ejemplo, “Los colonos no apreciaban la carne de mono. No entendían que esa carne dura y apretada proveía de muchísimas más proteínas que la carne de los puercos o vacas alimentadas con pasto elefante, pura agua, y que no sabía a nada. Por otra parte, la carne de mono requería ser masticada largo tiempo, y en especial a los que no tenían dientes propios les entregaba la sensación de haber comido mucho sin cargar innecesariamente el cuerpo”. (la sabiduría)
Debajo de todo este barullo de blancos, indígenas y soberbios recuerdos de que la tecnología más básica es la más efectiva para la gente que la usa (en este caso las cerbatanas para cacería, la medicina tradicional capaz de vencer al veneno de la serpiente o a los insuperables consejos del shamán tribal), está un inquebrantable compromiso con la ecología y la denuncia de su destrucción. Y un animal, una tigrilla, es un importante personaje, quizá el más importante, no quizá de hecho lo es, un ser herido por la brutalidad y la codicia de un gringo (metáfora que refiere a la formación marxista del autor) y que Sepúlveda, de todos modos, endiosa sin melindres: “Era más grande de lo que había pensado al verla por primera vez. Flaca y todo, era un animal soberbio, hermoso, una obra maestra de gallardía imposible de reproducir ni con el pensamiento. (Y es que sin duda los felinos son el mejor reflejo de la perfección) El viejo la acarició, ignorando el dolor del pie herido, y lloró avergonzado”... (vergüenza)
“Antonio José Bolívar Proaño se quitó la dentadura postiza, la guardó envuelta en el pañuelo y, sin dejar de maldecir al gringo inaugurador de la tragedia, al alcalde, a los buscadores de oro, a todos los que emputecían la virginidad de su amazonia, cortó de un machetazo una gruesa rama, y apoyado en ella se echó a andar en pos de El Idilio, de su choza, y de sus novelas que hablaban del amor con palabras tan hermosas que a veces le hacían olvidar la barbarie humana”.
De narrativa simple, ya para concluir, de argumentación lineal, pero de intensas descripciones y profundos sentimientos, Un viejo que leía novelas de amor se merece un lugar distinguido en la biblioteca, pero sobre todo, en el corazón de cada lector que tenga una pizca de sensibilidad hacia el mundo en el que vivimos.

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