Tierra de hombres con lupas y dentaduras postizas Parte I


Por: Claudia Navas Dangel
Integrante del Círculo de Lectores
Guatemala-España
Comunidad de Lectores de Guatemala
Se calcula que Un viejo que leía novelas de amor ha vendido alrededor de 18 millones de ejemplares. Se ha traducido a muchos idiomas, se convirtió en película y por supuesto le dio fama a su autor, el chileno Luis Sepúlveda, amado en Europa, donde reside en España, pero fríamente considerado en su natal Chile.
En esta novela, el autor hace gala de su conocimiento de la Amazonia profunda del Ecuador, de los hombres blancos que la habitan y la amenazan y de sus habitantes nativos, los shuar, así como de sus descastados por transculturados a Occidente, los jíbaros. Describe en 137 páginas, el drama de la vida humana cuando se desarrolla lejos de los centros urbanos, lejos de lo que llamamos desarrollo, pero cerca de una naturaleza, que de todos modos, está expuesta a los embates y depredación humanos. Sepúlveda ama esa naturaleza y se preocupa por ella, de hecho, la obra está dedicada al asesinado y considerado por muchos mártir de la ecología, Chico Méndes.
Pero también subraya la belleza feral de una zona fronteriza embrujadora, poseedora de un encanto que atrapa, que devora a ciertos espíritus (Virgilio Rodríguez Macal hizo lo propio con las selvas peteneras).
Tal es el caso de uno de sus personajes principales, Antonio José Bolívar: vaqueano (rastreador), cazador (su propio castigo) y testigo de una era en extinción para esta todavía lejana tierra a donde, como apuntara Sepúlveda en una entrevista, no se encuentra a la aldea global de McLuhan en ninguna parte (es decir, la brecha tecnológica ahí simplemente es insalvable).
Pero la narrativa de Sepúlveda no tienen nada de triste, no al principio, ni siquiera cuando describe hechos terribles como cadáveres abiertos, rajados en pedazos por felinos víctimas de la brutalidad humana, o a manjares exóticos, pero en especial se torna cómica, sardónica, cuando metafóricamente representa al poder blanco en esas zonas: “El alcalde, único funcionario, máxima autoridad y representante de un poder demasiado lejano como para provocar temor, era un individuo obeso que sudaba sin descanso. Decían los lugareños que la sudadera le empezó apenas pisó tierra luego de desembarcar del Sucre, y desde entonces no dejó de estrujar pañuelos, ganándose el apodo de la Babosa”.
Aquél hombre despreciable fue enviado como alcalde a El Idilio, el nombre del pueblo donde sucede la acción de la narrativa, porque había estado envuelto en un desfalco. Como castigo estaba ahí, pero impune, cobrando impuestos que iban hacia sus bolsillos, discriminando y haciendo gala de una oronda y escandalosa ignorancia, respecto a las gentes, la ecología y la belleza del lugar.
Los conexiones de El Idilio con el mundo exterior eran muy parcas: un barco que llevaba provisiones y un dentista, el doctor Rubicundo Loachamín, un rudo sacamuelas quien “odiaba al Gobierno. A todos y a cualquier Gobierno, como yo. Hijo ilegítimo de un emigrante ibérico, heredó de él una tremenda bronca a todo cuanto sonara a autoridad, pero los motivos de aquel odio se le extraviaron en alguna juerga de juventud, de tal manera que sus monsergas de ácrata se transformaron en una especie de verruga moral que lo hacía simpático en ninguna parte”. Aparte de proveer servicios odontológicos de bajo nivel, y de vender dentaduras postizas a los habitantes de El Idilio, se encargaba de llevarle novelas románticas, tal vez de Corín Tellado, a Antonio José Bolívar.

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