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“Luna gardenia de plata, que en mi serenata te vuelves canción…”

…diez; nueve… A, cuarenta años de: “un pequeño paso, para un hombre; pero un salto gigantesco de la humanidad…” Alguien dirá, de qué sirve que se haya llegado a la Luna, cuando es imposible vivir en la Tierra o por lo demás convivir. Otros dirán: que desperdicio de recursos cuando buena parte de la humanidad ya se encontraba allí y sigue ahí: viviendo en ciudades satélites aisladas, carentes de servicios básicos, agua potable, electricidad, de la aludida; transportadas en módulos de tecnología de los setentas u ochentas por un comando de tripulación muchas veces mayor, que de la del Apolo. Y, cuando no; nobles burócratas embarcados en años de estudio y sueños de trascendencia sobre urgentes problemas terrenales.
…ocho, siete… El proyecto Apolo, apelativo de uno de los antiguos dioses griegos, hijo de Zeus pero más bien hijo directo de la Guerra Fría, vivida en caliente en nuestra tierra con algunas brazas todavía encendidas, surgido de entre las ruinas y cenizas de la Segunda. Fue la culminación de años de innovación científica y tecnológica; de las cuales en buena parte han llegado hacerse accesibles a buena parte de la humanidad, con el avance y desarrollo de: componentes electrónicos, radiotelecomunicaciones, aplicación y uso extensivo de plásticos, aeronavegación, bombas inteligentes, guerra de las galaxias, entre otros.
…seis, cinco… Anteriormente, el anhelo de remontar los cielos fue para variar tarea y desvelo de escritores cuando no de poetas y más aún de amantes. Siendo el escritor francés: Julio Verne, 1865; que presentara la primera obra formal que tratara sobre este tema; que como suele ocurrir con las buenas obras bien desarrolladas y estructuradas, la misma establece ciertos paralelismos con la realidad; dentro de esta ficción, Disparo a la Luna, surge como un proyecto posbélico y deseos de colonialismo norteamericano que se resuelve gracias a la capacidad de negociación y raciocinio propios de un positivismo que nos contagiaría en parte los inicios de siglo XX y surge como añoranza en nuestros días. Aunque, asimismo el tema ya fuera tratado por otros escritores y poetas y teniendo en Ícaro, como parte de nuestros mitos fundamentales con toda su cadena de anhelos y tragedia.
...cuatro, tres… Parafraseando, al célebre astronauta centroamericano: Franklin Díaz Chang; con relación al eclipse que se diera también hace algunos años, estos fenómenos eran ya parte del conocimiento ancestral de nuestros antepasados y que en países como los nuestros en la actualidad prevalece el conocimiento mágico o de la ignorancia acompañada del respectivo miedo, que en lugar de convocar para compartir y conocer; la estela de penumbra pareciese no transcurrir sobre nosotros. Y, aunque la esperanza como siempre se vislumbra; tal como lo señalara uno de los padres del conocimiento científico moderno, independientemente de la voluntad de algunos. “Y, sin embargo. Se mueve”
…dos, uno… Después de quinientas veintidós veces de a vernos la cara después de aquel acontecimiento; optamos por la vía de la imaginación conjurada por la literatura; para hacer y hacernos participes, sabiendo ya que la susodicha no es de queso, sin embargo las hay tristes y amargas necesarias para aspirar a sus mieles agridulces; con sus primaveras y otoños y que al igual del semoviente encandilado y guiado por ella; agazapados, con la audacia que pretende el trovador al levantarle la falda a la Luna... Tratando de cuestionar y cuestionarnos cuan vigente se mantiene todo ello; emprendiendo este viaje acompañándonos de todo aquel que lo deseé. Porque aunque desvelado el misterio se mantiene el encanto y con el rito ancestral de esas noches especiales cuando nos acercamos más al cielo siendo y sabiéndonos terrenales y por lo demás finitos.
…cero. ¿Despegamos?

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